Mi hermano nació con una maldición que lo hizo vivir
prisionero casi toda la vida. Para cuando le diagnosticaron la esquizofrenia ni
yo, ni mi familia, ni los médicos tenían demasiada información sobre el tema.
Nos dijeron tantas cosas y nos aconsejaron tantas otras que la mayor parte de
su vida probó tratamientos y siempre, lo encerramos.
Pero él era un pájaro. Se escapaba de sus jaulas
siempre. Como lo hacía no se sabía, porque tenía carceleros fieros pero él,
siempre los burlaba. No había forma ni aún en esas épocas terribles de la
dictadura, él sin documentos, sin otra cosa que el uniforme de su cárcel,
volaba y se escapaba.
Mi hermano era muy inteligente, leía muchísimo y le
apasionaba la geografía. Sin embargo a los médicos no les importaba ese
detalle. Mi hermano era peligroso porque en su cabeza las voces lo enloquecían
de una manera que la furia lo dominaba y golpeaba a todo el que lo tocara. Ni
el chaleco de fuerza lo sujetaba. Su locura era de una dimensión
extraordinaria.
Mi hermano aprendió a volar y cuando lo encerraban, se
escapaba con tal precisión que nunca lo podían rastrear. Volvía a casa hecho un
desastre: tiritando de frío, con el cuerpo de un temblor intenso, por el
castigo del electro shock, asustado y furioso por su jaula medicamentosa. Y al
poco tiempo, otra vez, otra jaula.
En uno de esos escapes una lluvia intensa le mojó las
plumas y lo encontraron tirado, ardiendo en fiebre. Fue la única vez que lo
rastrearon y él, se murió de una infección pulmonar…dijeron. Yo sé que se murió
porque le rastrearon su vuelo y porque su sufrimiento, ya era mayor que su
locura.
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