viernes, 15 de septiembre de 2017

Locos presos

No todos los locos están presos, ni todos los presos están locos.
Por eso cuando me ofrecieron un Taller de lectura para un Pabellón de locos presos, dije que sí, sin pensarlo.
Cargué todas las palabras posibles y corrí, rauda, al encuentro de mis locos presos. Ahí estaban, mirándome como a su única ventana, su única puerta, yo tan sólo cargaba palabras.
Al principio temerosa, no por mí sino por ellos, sacaba las palabras con cuidado, despacio, casi estudiándolas. Pero ya se sabe lo que sucede con la magia de las palabras, que además, suelen ser intuitivas. A los pocos minutos salían ligeras de mi portafolio, pintando, rayando, deletreando. En una hora estábamos todos escribiendo. Llenos ya los papeles que teníamos, y sin consulta previa, comenzamos a pintar las paredes y el piso. Cuando la habitación quedó presa de miles de palabras, salimos al pasillo, a todos los pasillos, los llenamos de palabras por los suelos, por las paredes y hasta por lo techos.
Fue como una erupción de palabras, surgían, plagaban, volaban, quedaban, miles de ellas nos brotaban. Así pintando nos fuimos alejando hacia la puerta principal. Y llegamos a las rejas y las pintamos con palabras, voces escritas a gritos y susurros, las rejas se abrieron.
Así nos escapamos esa tarde, los locos presos y yo, y seguimos escribiendo y pintando palabras hasta hoy.

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