domingo, 26 de noviembre de 2017

Experiencias con mi sombra



Segunda experiencia
Las luces ya estaban opacándose cuando la vi en el espejo de la sala, se contoneaba al ritmo de alguna música que yo no escuchaba.
¿ Se puede saber qué carajo haces ahí?, le reproché con indignación. No respondió. Siguió danzando a ratos lánguida, otras frenética y las más, sensual y provocativa. Me quedé en el viejo sillón sin atreverme a interrumpir. Intuí un ritual que no tenía nada que ver conmigo, ni con nada conocido. La lámpara con su luz difusa alumbraba, obstinada, ese espejo oval donde ella llamaba con su baile. Sentí el reproche de la vieja sala en mi entorno.
No supe que hacer. No es fácil la primera vez que tu sombra cobra vida propia y hace a su antojo.

Tercera experiencia
A plena luz del día, bajo ese sol que quemaba la respiración, con esa sombra diminuta del mediodía, discutí seriamente un día de verano. Mi sombra no entendía que debía de permanecer a mi lado. Tampoco entendía el porqué de su tamaño a esa hora. Intenté explicarle pero a quién se le ocurre, era sólo mi sombra.
Desde ese día decidió no trabajar a medio día. Hizo su huelga, mi propia sombra, desobedeció los designios de la luz, de la oscuridad. Aparecía a media tarde, cuando ya había ganado altura. Desobediente, igual a mí, no quería ser diminuta. En parte creo que la entendía, pero no se trata de entender a todos y todas las cosas así que decidí castigarla. Dejé de salir a medio día, permanecía en la oscuridad, atándola a mi destino. Esclava de mi tamaño, mi sombra languidecía.
Pero entonces descubrió una noche, la luz de mi vieja lámpara, la fineza del espejo que puede duplicarla y las sombras nocturnas que la resucitaron. Ese fue un terrible error del que me arrepiento.

Cuarta experiencia
Anduve varios días averiguando y preguntando si a alguien más se le ha perdido la sombra. Si han osado liberarlas o alguna se ha fugado. Recién anoche supe de un hombre que desde hace años, vive sin ella. Lo peor que puede sucederte, me dijo susurrando como si alguien lo escuchara, es perder tu sombra. La sombra es, continuó después de un breve silencio, algo así como tu imagen en el espejo. Si no hay sombra, no hay vida.
No quise preguntar más, sus palabras me alertaron.
Salí dispuesta a recuperar la mía, que ya hace días o meses o años, he liberado. Lo bueno es saber dónde voy a encontrarla; de mañana juega en la playa con los niños, de tarde anda con las parejas en las plazas y de noche, danza en los espejos iluminados.
Inútil es llamarla, lo sé. Porque la libertad cuando se alcanza, no se desea más que conservarla. Pero he creado una estrategia: seré yo la sombra y ella, mi dueña.

Quinta experiencia
Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz salía a bailar en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.
Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible. En aquella penumbra, jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…
He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo a sillón raído de la vieja sala, a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?
Sexta experiencia

Bajé a la playa temprano, con una magnífico paraguas enorme y negro, como un buitre escondida de las miradas, perseguí a los niños para descubrir mi sombra jugando con ellos.
No sabía distinguir entre los que jugaban con castillos de arena y los que pateaban una pelota, entre los que se revolcaban en la arena y los que saltaban las olas, dónde, cuál sería mi sombra fugitiva. La niña triste que lee alejada sin notar nada o nadie, será esa tal vez. Será el pequeño que persigue moluscos inexistentes en el filo de la playa, tal vez. Será la otra niña, que camina y se para como recomponiendo su figura, se mece con la capelina y se sonríe sola. Será ese pequeño que junta arena y la devuelve al mar, como si pudiera.
Es complejo encontrar a una sombra soberbia que se ha metido entre los niños. Los niños parecen todos iguales pero son tan diferentes. Y con ese viento salado, y con ese sol de espumas, y con ese día de playa…
Volví a esconderme bajo el negro disfraz del paraguas enorme y negro. Subí las escaleras encorvada e insegura. Tal vez  ella querría volver, demoré mis pasos. A quién se le ocurre, cómo volverá si allá, en la arena y en la playa puede jugar y reír más feliz que a mi lado. Lado oscuro. Lado iluminado. Cuál de ellos.
Sin sombra, escondida bajo el disfraz negro, volví a mi casa.

Relatos con sombras: Primera experiencia



Tuve, alguna vez, una sombra. Me sorprendió un mediodía de verano, tendría unos seis años. Me encantaba sentirla mi amiga y andaba buscándola en cada espacio de luz; al lado, atrás o adelante. Mi sombra me seguía o me acompañaba. Era mi mimo propio. Cuando descubrí que era mi esclava la liberé. Ella no entendía y se quedaba de noche junto a mi lámpara procurando comprender.
Pero conseguí convencerla, se fue y no regresó. Tomó su camino propio. La he visto bailar, seducir, engañar y huir por todos lados. Se ha mimetizado con otras sombras. Se ha sublevado y es transgresora. Desde mi rincón, solitaria, la miro. La envidio, la quiero otra vez presa de mis trucos de sobrevivencia.
Ella no va a regresar. Es libre y le ha gustado ser la sombra de otras que no saben que la tienen
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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Un pájaro ( cuento minimalista)




Comenzó a vivir como un pájaro, se levantaba al alba y se dormía al caer el sol. Sus alimentos pasaron a ser las semillas, las frutas y las verduras crudas. Su único pasatiempo dibujar aves y empapelar con ellos su vivienda que se iba transformando en un nido. El día que compró su parapente apareció vestido con un traje imposible, hecho de plumas. Por meses había juntado plumas, las lavaba y las teñía de colores azulados. El traje era alucinante. Cuando se elevó aquel día, feliz y magnífico, supimos que jamás lo volveríamos a ver. Su nido vacío fue el lugar donde lo lloramos. No regresó nunca.