jueves, 2 de noviembre de 2017

Agujas



Mamá siempre repetía que ella con una aguja tenía todo lo que quería. No sólo obtenía desde la tela un vestido, una camisa. Mi madre podía conseguir objetos maravillosos que no salen de una aguja común y corriente.
Una vez cosió adentro de un pantalón de papá, un billete de cien pesos y tuvimos una época distendida en dinero. Otra vez cosió granos y tuvimos la despensa llena. Cosía pelos de parejas descarriladas y les volvía el amor como en racimos. Cosía ropitas de niños pálidos y les volvía el color y la fuerza. Cosía pelos de animalitos enfermos y los sanaba. Mi padre estaba sujeto a ella con un amor de mil hilos. 
Mi casa estaba sujeta a aquella vida por millones de agujas de tamaños inverosímiles. Desde pequeñitas para los llantos de bebé hasta las gigantes que ataban desde un amor o un sueño imposible hasta un hogar, como el nuestro.
Mi madre cosía todo el tiempo y contaba cada puntada. Lo más increíble era que recordaba cuantas daba para cada cosa. A veces cobraba dinero pero otras, comida o ropas, cosas necesarias pero imprescindibles, decía al pasar los costos. Cuando su fama de costurera universal de todo lo aferrable se extendió por varias zonas, le exigimos con papá que subiera los costos. Y ella cosió para nosotros un billete grande y nuevo. Y comenzó a llegar a sus manos laboriosas la gente que tiene dinero y aun así, necesita más cosas. Y le pagaban aunque mamá siempre se reía de sus pretensiones. Pero nunca les aferró a sus hilos ambiciones desmedidas o propósitos deshonestos. Mi madre cosía con éxito sólo las posibles necesidades dignas y humanas. Ganó prestigio, todos la necesitaban. Sus manos mágicas cosían un mundo de deseos buenos. 
Su vida no fue la misma. Dejó de dormir para poder cumplir y luego de comer. Las agujas y los hilos la fueron atrapando de tal manera que ella misma quedó cosida. Un día dejamos de verla y llorando a gritos la buscamos. Mi padre la encontró cosida a su cama y me dijo que mañana o pasado volvería.
Y volvió. Y fue mi mamá y por suerte nunca más recordó su afán por coser los deseos de otros. Ni siquiera los nuestros. Mamá aprendió a dejarnos trabajar por nuestros deseos y de sus agujas sólo salieron vestidos nuevos.

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