Mamá
siempre repetía que ella con una aguja tenía todo lo que quería. No sólo
obtenía desde la tela un vestido, una camisa. Mi madre podía conseguir objetos
maravillosos que no salen de una aguja común y corriente.
Una vez
cosió adentro de un pantalón de papá, un billete de cien pesos y tuvimos una
época distendida en dinero. Otra vez cosió granos y tuvimos la despensa llena.
Cosía pelos de parejas descarriladas y les volvía el amor como en racimos.
Cosía ropitas de niños pálidos y les volvía el color y la fuerza. Cosía pelos
de animalitos enfermos y los sanaba. Mi padre estaba sujeto a ella con un amor
de mil hilos.
Mi casa
estaba sujeta a aquella vida por millones de agujas de tamaños inverosímiles.
Desde pequeñitas para los llantos de bebé hasta las gigantes que ataban desde
un amor o un sueño imposible hasta un hogar, como el nuestro.
Mi madre
cosía todo el tiempo y contaba cada puntada. Lo más increíble era que recordaba
cuantas daba para cada cosa. A veces cobraba dinero pero otras, comida o ropas,
cosas necesarias pero imprescindibles, decía al pasar los costos. Cuando su
fama de costurera universal de todo lo aferrable se extendió por varias zonas,
le exigimos con papá que subiera los costos. Y ella cosió para nosotros un
billete grande y nuevo. Y comenzó a llegar a sus manos laboriosas la gente que
tiene dinero y aun así, necesita más cosas. Y le pagaban aunque mamá siempre se
reía de sus pretensiones. Pero nunca les aferró a sus hilos ambiciones
desmedidas o propósitos deshonestos. Mi madre cosía con éxito sólo las posibles
necesidades dignas y humanas. Ganó prestigio, todos la necesitaban. Sus manos
mágicas cosían un mundo de deseos buenos.
Su vida
no fue la misma. Dejó de dormir para poder cumplir y luego de comer. Las agujas
y los hilos la fueron atrapando de tal manera que ella misma quedó cosida. Un
día dejamos de verla y llorando a gritos la buscamos. Mi padre la encontró
cosida a su cama y me dijo que mañana o pasado volvería.
Y volvió.
Y fue mi mamá y por suerte nunca más recordó su afán por coser los deseos de
otros. Ni siquiera los nuestros. Mamá aprendió a dejarnos trabajar por
nuestros deseos y de sus agujas sólo salieron vestidos nuevos.
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