miércoles, 28 de febrero de 2018

Abuela Felisa




En las noches tranquilas de mi pueblo la luna solía colarse por las calles desiertas. Eran tiempos lentos de veranos interminables y ardientes. Mi pueblo tenía un silbador. No cualquiera, no señor, era único porque había en su silbido notas de una especie de flauta maravillosa, pero mucho más, por su historia. 
El silbador era un mendigo que comía de lo que los vecinos, con gusto, le daban. Vestía andrajos que cada tanto cambiaba por la misma caridad vecinal. Su porte denotaba una elegancia paradójica.
Es que no era un vagabundo cualquiera. Había sido un rico heredero, muy conocido por sus encumbrados apellidos y su linaje de ricos terratenientes  familiares. Estudió medicina con solvencia. Pero en cuarto año le sucedió, así sin explicaciones, de un día para el otro, perdió su norte y su sur. Perdió la razón sin motivo aparente y no pudo regresar de la sinrazón. Al principio lo internaron, lo llevaron al extranjero, le hicieron mil curas inimaginables. Fue en vano. Al final, rendidos y extenuados, lo dejaron ser. Y ahí el pueblo tuvo ese silbador mágico que imitaba a las mejores flautas de la sinfónica del cielo.
En verano, caminaba las noches enteras. Cuando escuchábamos sus pasos, le rogábamos a la abuela Felisa que se asomara a la ventana. Desde que nos contó que cuando eran jóvenes estuvieron a punto de ser novios, nuestra imaginación no paraba. Porque a pesar de que la abuela negó siempre que el silbador quedara loco cuando ella se casó con el abuelo, nos coincidían las fechas y las suposiciones.  A veces ella nos daba el gusto,  somnolienta y lánguida se apoyaba en el balcón. Entonces, cuando la veía, paraba el paseo y silbaba una melodía exquisita. Todos escuchábamos embelesados. Se detenía el mundo y el tiempo. 
Después se iba caminando lento y la abuela musitaba un tímido gracias que apenas se escuchaba. Se apretujaba en los brazos tiernos del abuelo y los escuchábamos suspirar:
-       No puedo ponerme celoso, decía él antes de dormir, esa declaración de amor es sublime.
Nosotros nos arremolinábamos en la cama grande y nos dormíamos por esa noche, todos entreverados en un abrazo. 
El silbido nos arrimaba a un amor que nos entrelazaba brazos y sueños.

jueves, 22 de febrero de 2018

Abuela Iris




Nació en Oriente Medio y de allá partiría con su rica familia compuesta sólo por ella sus padres y su niñera. Recorrieron Europa buscando aumentar riquezas. Mientras lo hacían la dejaron en un Colegio francés carísimo donde se educó con esmero y aprendió varios idiomas. 
Sus padres, nómades y algo aventureros regresaron cuando iba a cumplir dieciocho años y partieron a Sudamérica en busca de nuevos horizontes. Llegaron a Uruguay y compraron una casona señorial en Montevideo. Ya tenían el novio para su hija, habían hecho el contrato pre nupcial, por correo.
Ajena, volátil, casi etérea ella ni se enteraba. Mientras leía todo tipo de novelas y fumaba en el balcón cigarrillos finísimos que conseguía a escondidas, se enamoraba. Él, italiano de bella estampa, pasaba cada noche bajo el balcón, cual Romeo, miraba a la bella mujer que fumaba y también, se enamoraba. 
Abuela Iris tuvo una especie de espanto cuando le presentaron al hombre judío y joven que sería su futuro esposo. Determinó con sensatez contarle la verdad. La sorpresa fue cuando el novio también se confesó enamorado de otra. Y a partir de ese día salieron juntos cada tarde. De la mano como amigos aunque los otros los  vieran como novios. En la plaza central se separaban. Iris con su italiano y el judío con una española. Dos años de noviazgos mentidos, citas furtivas y complicidad en cada instante. Dos años de amores prohibidos. 
Pero llegó el inevitable compromiso y la fecha exacta del casamiento.  Ya no podrían engañar a nadie más. Ambos tomaron la decisión de escapar, cada cual, con su verdadero amor.  
Iris fue desheredada y su nombre se perdió de los labios de su familia. La suerte fue haber sido educada en idiomas pues de ellos sobrevivió gran parte del resto de su vida. Su amigo judío se fue a Centro América con su española y se escribían cada año. 
Y cuando su amigo judío murió, viajamos con la abuela Iris a dar el pésame a la viuda. Nos alojamos en su casa que era típicamente española con arcadas y galerías. Un jardín tropical rodeaba la casona de tejas rojas. La historia nos fue narrada por ambas, bajo las guayabas, en una siesta ardiente mientras degustábamos nuestra primera cerveza helada.