viernes, 29 de septiembre de 2017

La ropa de los muertos ( Literatura infantil- juvenil)




Mamá decía que una no debe ponerse ropa ajena, mucho menos ropas de muertos. Pero la habitación que había al fondo de la enorme casa de mi abuela era toda una tentación para ir a disfrazarse e imaginarse distintos personajes.
Matilde era mi prima favorita, le gustaban las mismas cosas que a mí, teníamos apenas un año de diferencia. Ella, un año menos que yo. Era maravilloso ir a la casa de la abuela y ver a los adultos rodeando el fuego y jugando cartas en invierno, entonces sabíamos que no irían a retarnos y sacarnos del baúl lleno de ropas. Nos disfrazaríamos a gusto.
Sombreros, sombrillas, guantes de muselina, zapatos de diferentes tacones, mantones, mantillas, vestidos bordados, velos de novia, qué no había allí adentro. Y como si toda esa maravilla fuera poca para nuestra imaginación, el gran espejo oval que alguna vez usó la abuela, colgaba de los tirantes del techo como una marioneta gigante que te permitía ver toda la metamorfosis mientras te disfrazabas.
Algunas veces las otras primas venían a jugar, pero huían espantadas. De qué, no supimos nunca, que era ropa de muertos, que el espejo asustaba, que parecíamos fotos de otra época cuando nos vestíamos, que parecíamos fantasmas y otras boberías similares. A nosotras nos encantaba correrlas, nos metíamos algún saco grande o un mantón negro arriba de la cabeza y las sacábamos de la habitación aullando y ellas lloraban culpándonos de malas. Era muy divertido.
Invariablemente, cuando esto sucedía, mamá venía con sus manos y modos de ángel y nos decía que no se pone una la ropa de los muertos para jugar, que hay que respetar, que toda la ropa que guardaba la abuela era importante para ella porque eran de su familia. Y mamá insistía, el velo de novia por ejemplo, fue de la bisabuela que no llegó a serlo porque murió en su noche de bodas y ya no pasó a ser familiar pero como que lo era. El mantón negro era de su madre que había muerto una noche en forma accidental cayéndose del piso alto de la casa vieja. Y el sombrero oscuro de su padre cuando llegó de Italia, que no era cualquier sombrero porque había pertenecido al bisabuelo que había estado en la guerra y que se había muerto en ella pero, todos decían que el bisabuelo volvía ahí donde hubiera un hijo suyo, como espíritu, en todos lados.
- Mejor, mejor, decíamos nosotras, qué bueno tener una familia grande, con tantos muertos y todos con historias.
-  Pero todas las familias tienen historias, nos respondía mamá.
- Sí, claro que todas tendrán pero ninguna como la nuestra.
Y allá volvíamos a disfrazarnos y asustar a las otras primas o simplemente nos disfrazábamos y hacíamos un desfile frente al espejo que colgaba y nos miraba con su ojo de vidrio que todo lo veía.
-      - Atención, señoras, señores, - mi voz de locutora me encantaba- vamos a ver pasar a la señorita Hortensia, con su velo de novia, el más bonito de los velos porque la novia, se murió ahí mismo…
Entonces mi prima con paso vacilante desfilaba con el velo puesto, los ojos los ponía en blanco, llevaba unas flores en la mano y yo no podía parar de reírme de sus gestos frente al espejo. Díganme ustedes ¿qué tiene eso de malo?
Pero creo que sí lo tiene porque les voy a contar lo que ocurrió ese día fatal, día en el que dejamos de jugar para siempre.
Mi prima se disfrazó de novia, eso siempre lo dejábamos para el final del juego porque era lo más divertido, yo había desfilado con el mantón negro de la bisabuela y también me disfrazaba de hombre, haciendo de bisabuelo.
Al final, venía la novia. Y ese día fue uno más. O no, ahora que lo recuerdo bien, hacía muchísimo frío en la pieza grande llena de trastos y cosas para tirar o regalar o arreglar. Los adultos como siempre, adoraban el fuego en el living y jugaban cartas entre ellos. Las otras primas jugaban esos juegos bobos de niñas miedosas y nosotras nos disfrazábamos y nos divertíamos.
Llegó el turno de mi prima Rosita como siempre, mantón de novia muerta tapándole casi toda la cara, desfiló y la anuncié como tantas veces:
-       - Atención, señoras, señores, vamos a ver pasar a la señorita Hortensia, con su velo de novia, el más bonito de los velos porque la novia, se murió ahí mismo.
Y mi prima se quita el velo de la cara, mira fijo el espejo y dice en voz suave pero bien pronunciada:

-      -  Non giocare sciocco che é vero
Lo que dijo en perfecto italiano era algo así como no juegues idiota eso es cierto. El problema es que mi prima nunca había hablado italiano. Ni lo había estudiado. Y se paró frente al espejo y comenzó a hablarlo. Se imaginan mis carcajadas. Porque pensé que era parte de su teatro, parte del juego.
Su voz fue subiendo de tono. Cada vez más fuerte gritaba, yo me agarraba la panza para reírme, su italiano me parecía perfecto. Alguien escuchó, no sé, tal vez mi madre, como todas las madres, tenía un sentido especial para saber cuándo estábamos en peligro y se asomó a la puerta de la enorme pieza.
Al instante entró y sacudió a mi prima por los hombros, en ese momento me callé, mamá jamás hubiera hecho semejante cosa, no entendía qué le pasaba.
-       - Basta- decía mientras sacudía a mi prima- No te rías ¿no ves que está en trance?
Miré a mi prima, tenía los ojos rojos, las lágrimas corrían por sus mejillas, una voz de mujer italiana salía de su boca, algo espantoso estaba pasando y no entendía qué era.
Fueron segundos, minutos u horas, no sé. Llegó la abuela y le sacó el velo de la cabeza. Ahí mi prima cayó como desmayada. La abuela dijo que trajéramos agua y por supuesto salimos corriendo a servir un vaso. En cuanto tomó el agua, mi prima comenzó a tener colores otra vez porque antes, había estado con el rostro del mismo color que el velo de novia.
-       - De esto ni una palabra a nadie- sentenció la abuela que siempre fue de pocas palabras- No se juega con la ropa de los muertos.
-       - Pero abuela – dije intentado entender- ¿qué pasó acá?
-      -  Pasó que no se juega con la ropa de los muertos, no toquen más nada.
Y se fue. Mamá me dijo que la abuela no iba a decir más nada. Que era una historia muy vieja y de mucho dolor y que ya no quería contarla. Que cuando ella era chica la abuela siempre decía que esa novia muerta no la dejaba en paz con las pesadillas y que siempre se le aparecía, tan real, que nunca sabía si era soñando o la veía de verdad.
Fin del capítulo, por un tiempo nos asustamos y no jugamos más con las ropas que guardaban en la habitación llena de trastos…pero no fue por mucho, otra vez volvimos a las andadas y nos tentamos a disfrazarnos con las ropas prohibidas que habían sido de muertos.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Sonámbulos ( Literatura infantil- juvenil)




Los sonámbulos son personas normales, hasta que se duermen y se levantan. Entonces en ese silencio de la noche, los sonámbulos adquieren otro matiz que no tiene nada que ver con la normalidad y se tornan casi un espejismo, un zombi, un ser de otro mundo.
Quien haya tenido sonámbulos en su familia debe de saber que más tarde o más temprano, alguien volverá e heredar esa fea costumbre de andar dormidos sin permiso, viendo sin observar, caminando sin hacer ruido, oyendo sin escuchar. Porque los sonámbulos perdido en sus sueños pero despiertos en su caminata, son como seres de otra dimensión.
Sé que suena cursi sobre todo ahora que con las computadoras podemos averiguar casi todo sobre el sonambulismo. Sin embargo, déjenme decirles que no todo lo que se sabe o se dice es la única verdad. Puede haber razones y visiones ocultas que no están en las enciclopedias.
Por eso he decidido contar esta historia tan particular. Historia antigua con casa de campo, donde la gente trabajaba casi de sol a sol, comían todo casero, no tenían más entretenimiento que una vieja radio que no siempre se podía escuchar. A veces llegaban algunos periódicos, había eso sí, algunas novelas y libros. No muchos. La idea era trabajar, no gastar el tiempo en otra cosa.
Y justamente a esa gente le vino de golpe la noticia de que unos de sus miembros, que digo uno, el más adulto y razonable de sus miembros pues era nada menos que el padre de seis hijos, era sonámbulo. Don Juan comenzó de golpe, sin aviso previo, a quejarse del cansancio, cosa que jamás le habían escuchado. Sus hijos mayores eran apenas jovencitos de trece o catorce años y sospecharon alguna enfermedad fatal. Su mujer, Josefina, se asustó terriblemente porque eran seis hijos, los cuatro más pequeños aún muy niños como para ayudar en la dura tarea del campo.
Josefina se asustó hasta que comenzó a notar que sus hermosas sábanas blancas estaban embarradas justo en los pies de su marido que dormía más que nunca. Primero le preguntó, el hombre se enojó por la pregunta, luego le gritó y el hombre se enojó más y no le habló en todo el día. La verdad, no entendían el misterio de cómo era posible que las sábanas, blancas y prolijas, amanecían sucias de tierra o barro, cada mañana.
Al final de un mes de misteriosas sábanas sucias Josefina le pidió a su hijo mayor que se quedaran de noche a ver qué pasaba. Ella había oído de que en algunas familias había sonámbulos, era la única explicación para aquel misterio.
Los dos hijos mayores hicieron una guardia de cuatro horas cada uno a ver si veían al padre levantarse. A la tercera noche de vigilia apareció don Juan, con los ojos en blanco, evitando como si viera las sillas o la mesa, avanzando decidido hacia el campo.
Josefa les había explicado que ni por casualidad se les ocurriera despertarlo, que muchos sonámbulos caían muertos si se los despertaban en plena fajina de andar por los caminos del sonambulismo. Así que los hermanos se contentaron con seguirlo en silencio. Don Juan fue directo a las herramientas de la huerta y se puso a carpir y sacar yuyos como si fuera de día. Sus hijos aguantaban a duras penas las carcajadas de verlo trabajar en la oscuridad de la noche.
-       Con razón está cansado de día- comentaba riendo el mayor
-       Trabaja de noche como los búhos-decía el menor
Así el misterio quedó revelado. Al otro día los dos hijos le contaban a la madre lo sucedido y se reían en la cocina frente al desayuno. Cuando llegó el padre también le contaron, el hombre se quedó escuchando en silencio.
-       O sea, aseguró, he heredado el sonambulismo de mi abuelo.
-       Pero no es algo grave- sentenció la mujer- me han dicho que se cura poniendo un obstáculo que no hayas visto durante el día…
-       Es incurable y peligroso-dijo el hombre taciturno- ni se les ocurra despertarme o asustarme…
-       Pero no, Juan, no, ya sabemos…
-       No, no saben…mi abuelo era sonámbulo y había en él una cosa rarísima que nunca se entendió… cuando andaba de noche solo, hablaba con los muertos. Hablaba en cualquier idioma conocido y también en otros, hablaba con muchísima gente…Gente desconocida que había muerto sufriendo, gente asesinada…en esos tiempos de guerra, mi abuelo supo hablar con centenares de personas…
-       Déjese de hablar sonseras- le dijo la mujer muy seria- con esas cosas no hay que hacer bromas.
La verdad que don Juan era un hombre muy bueno para hacer cuentos y chistes pero en esa ocasión, no bromeaba. Sin embargo nadie le creyó esa historia de su abuelo. Creo que hasta hoy no se sabe nada, no hubo confirmación de esa historia que nunca terminó de contar porque su mujer se enojó y sus hijos se burlaron.
Durante muchos días persistieron las manchas de tierra o barro en las sábanas blancas de Josefina y por eso, decidieron ponerle fin a las caminatas y trabajos nocturnos. Un día después que  don Juan se acostó pusieron varias sillas en el camino que iba de su dormitorio a la puerta del patio, por donde salía cada noche.
Y sí salió aquella noche, y sí chocó con todo lo que pusieran en su camino. Pero los hijos que estaban esperando para burlarse y la esposa que estaba esperando para verlo curado de su absurdo sonambulismo no pudieron creer la reacción que tuvo. Don Juan se volvió y los miró con los ojos salidos como de órbita, inmensos, los pelos de su cabeza, a decir verdad eran solo a los costados, pero de todos modos los pelos se le erizaron mal, así de punta, como si fuera una corona de pelos. Y lo más increíble fue que empezó a susurrar primero y luego a hablar hasta terminar en gritos una charla inentendible porque hablaba en otro idioma. Los dos hijos y la esposa quedaron pegados al piso del susto. Todo esto puede haber demorado segundos o minutos porque nadie supo cuánto tiempo pasó. La cosa es que ni bien terminó esa especie de discurso, don Juan salió tan tranquilo, anduvo en la huerta y volvió a acostarse con los pies embarrados.
Al otro día su esposa Josefina le dijo muy seria en el desayuno que debían de ir al médico. Y como los dos hijos insistían, sin burlarse, don Juan aceptó ir al médico. Fueron pero no fue fácil, ni que el médico entendiera, ni que le hicieran un mundo de análisis que finalizaron todos con buenos resultados. Don Juan gozaba de perfecta salud.
Al final de esos días, entre análisis y estudios, el médico sugirió un psiquiatra y entonces sí, el hombre dijo que no, que basta. Que él era sonámbulo como su abuelo y su tío abuelo y que no tenía nada de raro. Y si no querían que hablara en otro idioma y se le pararan los pelos, que dejaran de ponerle obstáculos en el camino y lo dejaran tranquilo son su sonambulismo. Y basta, dijo, con esto ya me voy a casa que tenemos mucho trabajo pendiente.
Listo, se acabó, les dijo a los hijos también. La verdad que por aquellos días don Juan trabajaba normalmente o sea, de día. Había dejado de levantarse y Josefina y los muchachos pensaron, tal vez se curó. Tal vez sí sirvió que le pusiéramos obstáculos. Y pensaron también que debían de dejar de recordar aquellos pelos de punta y  los idiomas que habló aquella noche, dejémosle así. Y así lo dejaron.
Hasta que claro, otra vez las sábanas manchadas con tierra o barro. Volvió a suceder. Josefina estaba desesperada, su marido se dormía a las diez de la mañana y trabajaba luego en la madrugada, sus sábanas debían ser lavadas a diario y como si eso fuera poco, si se lo despertaba se transformaba en alguien que hablaba en otro idioma y miraba con cara de monstruo.
Como sabía que su marido al psiquiatra no iría, decidió consultar a doña Amelia, una señora mayor que toda la vida había curado por señas o rezos a medio pueblo. También decían que tiraba las cartas, adivinaba el futuro y que era espiritista. Josefina solo la conocía como la curandera de los empachos de sus hijos que eran bastantes comilones.
Doña Amelia vino al otro día, apenas recibió el llamado, les avisó que iría en persona al día siguiente.
-       Me voy a tener que quedar acá- avisó cuando le contaron bien la historia.
-       Sí claro, tiene que verlo- dijo Josefina.
-       No solo verlo, tengo que ver eso de que se transforma y habla en otro idioma.
-       Sí, no hay problema, Ud. quédese. Nosotros le armamos el dormitorio.
-       La cosa es que no debería saber que estoy acá…es importante.
-       Bien, nosotros le llevamos la comida y todo eso, no se preocupe.
-       Ya mismo voy a quedarme escondida.- y doña Amelia se fue a instalar al dormitorio del fondo.
No sólo le llevaron comidas y revistas, también le recordaron que vendrían  a despertarla para “hacer la guardia” al sonámbulo. A lo que Amelia aseguró que sí, que ella estaría despierta y atenta. Que le pusieran las sillas para ver nuevamente el efecto, si es que se producía.
Y repitieron la puesta de obstáculos en el camino del sonámbulo, y se mantuvieron despiertos tomando café negro. Hasta que don Juan se llevó todo por delante y otra vez, se dio vuelta furioso.
Los pelos en punta, la voz como de otro mundo, un idioma extraño que comenzó en susurro y terminó en aullido, mientras los ojos se desorbitaban. Amelia, Josefina y los chicos mudos mirando aquello que parecía de cuento, hasta que de pronto, una sombra salió como del cuerpo y corrió hacia la puerta. Después, el mismo hombre salió caminando lento como detrás de la sombra.
-       Este es un caso típico de posesión – Afirmó Amelia a los hijos y la esposa.
-       ¿Qué cosa?- preguntó incrédula Josefina- no me venga con cosas raras…
-       Mañana se los explico- dijo Amelia sonriendo y bostezando-ya vi lo que necesitaba…
-       Pero…espere- casi gritó Josefina-¿tiene cura?
-       Y sí…pienso que sí…
Y se fue a dormir tranquilamente mientras la familia entera daba vueltas y más vueltas impresionados por lo que habían vuelto a ver. Al otro día se reunieron en la cocina frente a tazas de café con leche y pan tostado.
-       Lo primero que voy a decirles- dijo Amelia- es que este hombre es sonámbulo por vidas anteriores.
-       Claro, afirmó Teodoro, el hijo mayor, papá nos contó que su abuelo y sus tíos abuelos eran sonámbulos.
-       Y no sólo ellos seguramente, dijo Amelia untando una tostada con manteca, también por otros y otros que vaya a saber cuántos habría en la familia.
-       Y qué quiere decir exactamente eso, protestó Josefina.
-       Eso quiere decir que si intentan despertarlo, no sólo no se curará sino que traerá a todos sus antepasados sonámbulos con él.
-       Pero entonces no tiene cura, no tiene remedio…
-       En cierta forma sí, dijo Amelia con la boca llena, tiene. Porque si ustedes lo dejan tranquilo, él va y hace sus cosas y regresa y no pasa nada.
-       No pasa nada no doña Amelia, que hay que cambiar las sábanas todos los días y blanquearlas.
-       Además, dijo el hijo más chico llamado Juanito, papá se duerme de día y nos deja toda la tarea para nosotros.
-       Bueno pero trabaja de noche, algo adelanta…- dijo doña Amelia.
-       ¿No hay nada, pero nada que se pueda hacer?- preguntó Josefina
-       Bueno sí, como haber…hay pero yo digo…no hace nada malo ni peligroso, ¿por qué no lo dejan así?
-       ¿Qué se podría hacer?- insistió Josefina
-       Invocar a los espíritus sonámbulos que hubo en la familia y pedirles que lo dejen en paz y que lo curen.
Acá Teodoro y Juanito rompieron a reír a carcajadas y Josefina frunció el ceño. Lo peor estaba por venir porque Amelia dijo que Juan debía de estar presente en la sesión de espiritismo.
Así se fue ese día doña Amelia, le dijeron que no, que no creían en esas cosas y listo. Sin embargo fue tal la impresión de aquella conversación, que Josefina se lo contó a Juan y ahí vino la gran sorpresa. Juan se entusiasmó, ver los espíritus de sus antepasados, él sí creía, él quería curarse sobre todo si había una posibilidad que todos los sonámbulos de su familia, los de antes y los futuros, fueran curados. Y ahí fueron Teodoro y Juanito a buscar a doña Amelia.
La casa debía de estas en silencio así que había que hacerlo con los niños pequeños dormidos, les avisó la espiritista. Y fue una noche larguísima donde esperaron el sueño de los más pequeños y se ubicaron los más grandes en el comedor de la casa. Amelia dijo que Teodoro y Juanito podrían quedar impresionados pero ellos contestaron que ya habían visto al padre transformarse en casi un monstruo, que no se asustarían y ella aceptó que participaran.
Allí, casi a media noche se pusieron todos alrededor de la mesa, se tomaron las manos, e invocó doña Amelia los espíritus sonámbulos de la familia de Juan y al ratito, muy obedientes, aparecieron. No como de carne y hueso, no, más bien como fantasmas, eran parecidos a las personas de verdad pero eran difusas, más transparentes, más livianas, con cara de fotografías viejas y muy silenciosas.
Doña Amelia les preguntaba si sufrían siendo sonámbulos y nadie respondía, en realidad el que respondía era Juan porque estaba con la boca abierta mirando a los difuntos sonámbulos de su familia. Quería presentarse y hablar con todos pero doña Amelia le dijo que no, que no los corriera, que había que esperar a que ellos dijeran algo. Fue en vano, los espíritus sonámbulos dieron vueltas alrededor de la mesa, como un viento, movían las cortinas de las ventanas, suspiraban, se quejaban o cantaban, vaya uno a saber qué porque no se les entendía nada. Pero ninguno habló. A las dos horas de pasearse de acá para allá, uno a uno fue desapareciendo como habían aparecido. Doña Amelia quedó agotada por el esfuerzo, don Juan muy contento de ver su parentela, Josefina asombrada y los dos chicos, terriblemente asustados.
Y al final no supe nunca si Juan se curó, creo que doña Amelia dijo que poco a poco iría dejando de caminar dormido. Tal vez fue la impresión de esa noche, la aparición de esas sombras fantasmagóricas que los curó a todos: a él, de salir de noche a trabajar y su esposa e hijos, de molestarse si algunas vez ensuciaba las sábanas con tierra o se dormía a media mañana.