Los sonámbulos son personas normales, hasta
que se duermen y se levantan. Entonces en ese silencio de la noche, los
sonámbulos adquieren otro matiz que no tiene nada que ver con la normalidad y
se tornan casi un espejismo, un zombi, un ser de otro mundo.
Quien haya tenido sonámbulos en su familia
debe de saber que más tarde o más temprano, alguien volverá e heredar esa fea
costumbre de andar dormidos sin permiso, viendo sin observar, caminando sin
hacer ruido, oyendo sin escuchar. Porque los sonámbulos perdido en sus sueños
pero despiertos en su caminata, son como seres de otra dimensión.
Sé que suena cursi sobre todo ahora que con
las computadoras podemos averiguar casi todo sobre el sonambulismo. Sin embargo,
déjenme decirles que no todo lo que se sabe o se dice es la única verdad. Puede
haber razones y visiones ocultas que no están en las enciclopedias.
Por eso he decidido contar esta historia
tan particular. Historia antigua con casa de campo, donde la gente trabajaba
casi de sol a sol, comían todo casero, no tenían más entretenimiento que una
vieja radio que no siempre se podía escuchar. A veces llegaban algunos
periódicos, había eso sí, algunas novelas y libros. No muchos. La idea era
trabajar, no gastar el tiempo en otra cosa.
Y justamente a esa gente le vino de golpe
la noticia de que unos de sus miembros, que digo uno, el más adulto y razonable
de sus miembros pues era nada menos que el padre de seis hijos, era sonámbulo.
Don Juan comenzó de golpe, sin aviso previo, a quejarse del cansancio, cosa que
jamás le habían escuchado. Sus hijos mayores eran apenas jovencitos de trece o
catorce años y sospecharon alguna enfermedad fatal. Su mujer, Josefina, se
asustó terriblemente porque eran seis hijos, los cuatro más pequeños aún muy
niños como para ayudar en la dura tarea del campo.
Josefina se asustó hasta que comenzó a
notar que sus hermosas sábanas blancas estaban embarradas justo en los pies de
su marido que dormía más que nunca. Primero le preguntó, el hombre se enojó por
la pregunta, luego le gritó y el hombre se enojó más y no le habló en todo el
día. La verdad, no entendían el misterio de cómo era posible que las sábanas,
blancas y prolijas, amanecían sucias de tierra o barro, cada mañana.
Al final de un mes de misteriosas sábanas
sucias Josefina le pidió a su hijo mayor que se quedaran de noche a ver qué
pasaba. Ella había oído de que en algunas familias había sonámbulos, era la
única explicación para aquel misterio.
Los dos hijos mayores hicieron una guardia
de cuatro horas cada uno a ver si veían al padre levantarse. A la tercera noche
de vigilia apareció don Juan, con los ojos en blanco, evitando como si viera
las sillas o la mesa, avanzando decidido hacia el campo.
Josefa les había explicado que ni por
casualidad se les ocurriera despertarlo, que muchos sonámbulos caían muertos si
se los despertaban en plena fajina de andar por los caminos del sonambulismo.
Así que los hermanos se contentaron con seguirlo en silencio. Don Juan fue
directo a las herramientas de la huerta y se puso a carpir y sacar yuyos como
si fuera de día. Sus hijos aguantaban a duras penas las carcajadas de verlo
trabajar en la oscuridad de la noche.
- Con razón está cansado de día- comentaba riendo el mayor
- Trabaja de noche como los búhos-decía el menor
Así el misterio quedó revelado. Al otro día
los dos hijos le contaban a la madre lo sucedido y se reían en la cocina frente
al desayuno. Cuando llegó el padre también le contaron, el hombre se quedó
escuchando en silencio.
- O sea, aseguró, he heredado el sonambulismo de mi abuelo.
- Pero no es algo grave- sentenció la mujer- me han dicho que se cura
poniendo un obstáculo que no hayas visto durante el día…
- Es incurable y peligroso-dijo el hombre taciturno- ni se les ocurra
despertarme o asustarme…
- Pero no, Juan, no, ya sabemos…
- No, no saben…mi abuelo era sonámbulo y había en él una cosa rarísima
que nunca se entendió… cuando andaba de noche solo, hablaba con los muertos.
Hablaba en cualquier idioma conocido y también en otros, hablaba con muchísima
gente…Gente desconocida que había muerto sufriendo, gente asesinada…en esos
tiempos de guerra, mi abuelo supo hablar con centenares de personas…
- Déjese de hablar sonseras- le dijo la mujer muy seria- con esas
cosas no hay que hacer bromas.
La verdad que
don Juan era un hombre muy bueno para hacer cuentos y chistes pero en esa
ocasión, no bromeaba. Sin embargo nadie le creyó esa historia de su abuelo.
Creo que hasta hoy no se sabe nada, no hubo confirmación de esa historia que
nunca terminó de contar porque su mujer se enojó y sus hijos se burlaron.
Durante muchos
días persistieron las manchas de tierra o barro en las sábanas blancas de
Josefina y por eso, decidieron ponerle fin a las caminatas y trabajos
nocturnos. Un día después que don Juan
se acostó pusieron varias sillas en el camino que iba de su dormitorio a la
puerta del patio, por donde salía cada noche.
Y sí salió
aquella noche, y sí chocó con todo lo que pusieran en su camino. Pero los hijos
que estaban esperando para burlarse y la esposa que estaba esperando para verlo
curado de su absurdo sonambulismo no pudieron creer la reacción que tuvo. Don
Juan se volvió y los miró con los ojos salidos como de órbita, inmensos, los
pelos de su cabeza, a decir verdad eran solo a los costados, pero de todos
modos los pelos se le erizaron mal, así de punta, como si fuera una corona de
pelos. Y lo más increíble fue que empezó a susurrar primero y luego a hablar
hasta terminar en gritos una charla inentendible porque hablaba en otro idioma.
Los dos hijos y la esposa quedaron pegados al piso del susto. Todo esto puede
haber demorado segundos o minutos porque nadie supo cuánto tiempo pasó. La cosa
es que ni bien terminó esa especie de discurso, don Juan salió tan tranquilo,
anduvo en la huerta y volvió a acostarse con los pies embarrados.
Al otro día su
esposa Josefina le dijo muy seria en el desayuno que debían de ir al médico. Y
como los dos hijos insistían, sin burlarse, don Juan aceptó ir al médico.
Fueron pero no fue fácil, ni que el médico entendiera, ni que le hicieran un
mundo de análisis que finalizaron todos con buenos resultados. Don Juan gozaba
de perfecta salud.
Al final de esos
días, entre análisis y estudios, el médico sugirió un psiquiatra y entonces sí,
el hombre dijo que no, que basta. Que él era sonámbulo como su abuelo y su tío
abuelo y que no tenía nada de raro. Y si no querían que hablara en otro idioma
y se le pararan los pelos, que dejaran de ponerle obstáculos en el camino y lo
dejaran tranquilo son su sonambulismo. Y basta, dijo, con esto ya me voy a casa
que tenemos mucho trabajo pendiente.
Listo, se acabó,
les dijo a los hijos también. La verdad que por aquellos días don Juan
trabajaba normalmente o sea, de día. Había dejado de levantarse y Josefina y
los muchachos pensaron, tal vez se curó. Tal vez sí sirvió que le pusiéramos
obstáculos. Y pensaron también que debían de dejar de recordar aquellos pelos
de punta y los idiomas que habló aquella
noche, dejémosle así. Y así lo dejaron.
Hasta que claro,
otra vez las sábanas manchadas con tierra o barro. Volvió a suceder. Josefina
estaba desesperada, su marido se dormía a las diez de la mañana y trabajaba
luego en la madrugada, sus sábanas debían ser lavadas a diario y como si eso
fuera poco, si se lo despertaba se transformaba en alguien que hablaba en otro
idioma y miraba con cara de monstruo.
Como sabía que
su marido al psiquiatra no iría, decidió consultar a doña Amelia, una señora
mayor que toda la vida había curado por señas o rezos a medio pueblo. También
decían que tiraba las cartas, adivinaba el futuro y que era espiritista.
Josefina solo la conocía como la curandera de los empachos de sus hijos que
eran bastantes comilones.
Doña Amelia vino
al otro día, apenas recibió el llamado, les avisó que iría en persona al día
siguiente.
- Me voy a tener que quedar acá- avisó cuando le contaron bien la
historia.
- Sí claro, tiene que verlo- dijo Josefina.
- No solo verlo, tengo que ver eso de que se transforma y habla en
otro idioma.
- Sí, no hay problema, Ud. quédese. Nosotros le armamos el dormitorio.
- La cosa es que no debería saber que estoy acá…es importante.
- Bien, nosotros le llevamos la comida y todo eso, no se preocupe.
- Ya mismo voy a quedarme escondida.- y doña Amelia se fue a instalar
al dormitorio del fondo.
No sólo le
llevaron comidas y revistas, también le recordaron que vendrían a despertarla para “hacer la guardia” al
sonámbulo. A lo que Amelia aseguró que sí, que ella estaría despierta y atenta.
Que le pusieran las sillas para ver nuevamente el efecto, si es que se
producía.
Y repitieron la
puesta de obstáculos en el camino del sonámbulo, y se mantuvieron despiertos
tomando café negro. Hasta que don Juan se llevó todo por delante y otra vez, se
dio vuelta furioso.
Los pelos en
punta, la voz como de otro mundo, un idioma extraño que comenzó en susurro y
terminó en aullido, mientras los ojos se desorbitaban. Amelia, Josefina y los
chicos mudos mirando aquello que parecía de cuento, hasta que de pronto, una
sombra salió como del cuerpo y corrió hacia la puerta. Después, el mismo hombre
salió caminando lento como detrás de la sombra.
- Este es un caso típico de posesión – Afirmó Amelia a los hijos y la
esposa.
- ¿Qué cosa?- preguntó incrédula Josefina- no me venga con cosas
raras…
- Mañana se los explico- dijo Amelia sonriendo y bostezando-ya vi lo
que necesitaba…
- Pero…espere- casi gritó Josefina-¿tiene cura?
- Y sí…pienso que sí…
Y se fue a dormir tranquilamente mientras
la familia entera daba vueltas y más vueltas impresionados por lo que habían
vuelto a ver. Al otro día se reunieron en la cocina frente a tazas de café con
leche y pan tostado.
- Lo primero que voy a decirles- dijo Amelia- es que este hombre es
sonámbulo por vidas anteriores.
- Claro, afirmó Teodoro, el hijo mayor, papá nos contó que su abuelo y
sus tíos abuelos eran sonámbulos.
- Y no sólo ellos seguramente, dijo Amelia untando una tostada con
manteca, también por otros y otros que vaya a saber cuántos habría en la
familia.
- Y qué quiere decir exactamente eso, protestó Josefina.
- Eso quiere decir que si intentan despertarlo, no sólo no se curará
sino que traerá a todos sus antepasados sonámbulos con él.
- Pero entonces no tiene cura, no tiene remedio…
- En cierta forma sí, dijo Amelia con la boca llena, tiene. Porque si
ustedes lo dejan tranquilo, él va y hace sus cosas y regresa y no pasa nada.
- No pasa nada no doña Amelia, que hay que cambiar las sábanas todos
los días y blanquearlas.
- Además, dijo el hijo más chico llamado Juanito, papá se duerme de
día y nos deja toda la tarea para nosotros.
- Bueno pero trabaja de noche, algo adelanta…- dijo doña Amelia.
- ¿No hay nada, pero nada que se pueda hacer?- preguntó Josefina
- Bueno sí, como haber…hay pero yo digo…no hace nada malo ni peligroso,
¿por qué no lo dejan así?
- ¿Qué se podría hacer?- insistió Josefina
- Invocar a los espíritus sonámbulos que hubo en la familia y pedirles
que lo dejen en paz y que lo curen.
Acá Teodoro y
Juanito rompieron a reír a carcajadas y Josefina frunció el ceño. Lo peor
estaba por venir porque Amelia dijo que Juan debía de estar presente en la
sesión de espiritismo.
Así se fue ese
día doña Amelia, le dijeron que no, que no creían en esas cosas y listo. Sin
embargo fue tal la impresión de aquella conversación, que Josefina se lo contó
a Juan y ahí vino la gran sorpresa. Juan se entusiasmó, ver los espíritus de
sus antepasados, él sí creía, él quería curarse sobre todo si había una
posibilidad que todos los sonámbulos de su familia, los de antes y los futuros,
fueran curados. Y ahí fueron Teodoro y Juanito a buscar a doña Amelia.
La casa debía de
estas en silencio así que había que hacerlo con los niños pequeños dormidos,
les avisó la espiritista. Y fue una noche larguísima donde esperaron el sueño
de los más pequeños y se ubicaron los más grandes en el comedor de la casa.
Amelia dijo que Teodoro y Juanito podrían quedar impresionados pero ellos
contestaron que ya habían visto al padre transformarse en casi un monstruo, que
no se asustarían y ella aceptó que participaran.
Allí, casi a
media noche se pusieron todos alrededor de la mesa, se tomaron las manos, e
invocó doña Amelia los espíritus sonámbulos de la familia de Juan y al ratito,
muy obedientes, aparecieron. No como de carne y hueso, no, más bien como
fantasmas, eran parecidos a las personas de verdad pero eran difusas, más
transparentes, más livianas, con cara de fotografías viejas y muy silenciosas.
Doña Amelia les
preguntaba si sufrían siendo sonámbulos y nadie respondía, en realidad el que
respondía era Juan porque estaba con la boca abierta mirando a los difuntos
sonámbulos de su familia. Quería presentarse y hablar con todos pero doña
Amelia le dijo que no, que no los corriera, que había que esperar a que ellos
dijeran algo. Fue en vano, los espíritus sonámbulos dieron vueltas alrededor de
la mesa, como un viento, movían las cortinas de las ventanas, suspiraban, se
quejaban o cantaban, vaya uno a saber qué porque no se les entendía nada. Pero
ninguno habló. A las dos horas de pasearse de acá para allá, uno a uno fue
desapareciendo como habían aparecido. Doña Amelia quedó agotada por el
esfuerzo, don Juan muy contento de ver su parentela, Josefina asombrada y los
dos chicos, terriblemente asustados.
Y al final no
supe nunca si Juan se curó, creo que doña Amelia dijo que poco a poco iría
dejando de caminar dormido. Tal vez fue la impresión de esa noche, la aparición
de esas sombras fantasmagóricas que los curó a todos: a él, de salir de noche a
trabajar y su esposa e hijos, de molestarse si algunas vez ensuciaba las
sábanas con tierra o se dormía a media mañana.