Mis hijos llegaban cada tarde de la escuela
y se perdían en el predio de enfrente de la casa, puras paredes a medio
derribar por el tiempo. Un largo terreno, con escombros llenos de yuyos que los
iban invadiendo. Y que se fueran todas las tardes a jugar ahí me daba una total
tranquilidad porque los veía correr entre los escombros, asustarse felices. Los
tenía siempre cerca y además, me gustaba verlos correr.
Un día demoraron más que de costumbre y
salí a buscarlos, era invierno y la noche llegaba en forma abrupta. Me paré en
la vereda del baldío donde jugaban y los llamé dando voces:
- Ana y Gaby, ¡vengan que ya es casi de noche!
- Ya vamos mamá- sentí sus voces y crucé nuevamente la calle hacia
nuestra casa.
- Mamá a qué no sabes- esa que hablaba atropelladamente era mi Any-
¿A qué no sabes mamá lo
que pasó en esa casa?
- No, no sé, hace apenas unos meses que nos mudamos y todavía no
recibí la información- dije riéndome un poco mientras les preparaba una leche
caliente.
- No, mamá, es que si supieras…- ese era Gaby que ya maduraba en sus
13 años- no nos dejas ir más.
- Uhhh- seguí bromeando- una casa embrujada….
- No, no, peor, dijo mi hija.
- ¡Uh! peor que brujas es…ah ya sé, vampiros…dije siguiendo la broma
mientras les servía la leche.
- No mamá no te rías…en esa casa se ahorcó un hombre, su dueño…y después la casa como que
se derrumbó…nadie sabe por qué viste…
- A ver, dije sentándome a la mesa, hablen bien porque no entiendo
nada…
- Sí, el hombre que era uno de mucha plata, se ahorcó ahí enfrente, quedó
ahorcado hasta que lo encontraron y cuando lo encontraron, chan…-dijo
gesticulando Any- lo sacaron de ahí para enterrarlo y la casa medio se cayó sin
viento y sin nada…
- ¿Y quién les contó ese cuento?- pregunté con cara de no hacerles
caso.
- ¿Y quién va a ser?- preguntó mi hijo-¡¡¡ la casa!!!
- Ah bueno, basta chicos…primero tengo que aceptar que un hombre se
ahorcó y cuando lo llevaron a enterrar la casa en forma mágica se derrumbó y
ahora les tengo que creer que la casa habla…
- Es una manera de decirlo, la casa no habló…-mi hijo con vos
cautelosa explicó: pero nosotros encontramos un manuscrito escondido.
- Ah, hay más – les dije algo nerviosa ya- hay un manuscrito que
hallaron y leyeron.
- Y sí mamá, no fue fácil encontrarlo…te vamos a explicar, mirá…desde
el primer día que jugamos en la casa sentimos una cosa rara, como que alguien
nos quería decir algo…
- Claro, porque es una casa derrumbada y eso te da cosa…- dije yo
- No, pero había algo ¿viste? Nosotros íbamos a jugar y de repente,
sentíamos que quedábamos en tinieblas y afuera había sol. Cuando la casa
quedaba como en sombras veíamos siempre caer un rayito de sol, el único que
había, en una baldosa extrañamente bien conservada que hay todavía en el viejo
baño. Muchas veces tratamos quitar la baldosa pero no podíamos. Hasta hoy, hoy
quién sabe por qué, la sacamos y ahí había un cuaderno viejo con esta historia.
¿La querés leer?
- No me digan que la tienen-dije con mucha curiosidad
- Claro que la trajimos pero ya la leímos casi toda.
- A ver…
El cuadernos de hojas apenas amarillentas,
contaba en letra cursiva, letra elegante y en azul oscuro una extraña historia.
Comenzaba como un diario personal de alguien llamado E.F (debo mantener la
privacidad porque la casa aún existe) y contaba la historia de cómo se había
hecho rico de pronto. En esa casa que supo ser hermosísima vivía un matrimonio
anciano, eran extranjeros y no tenían vida social ninguna. E.F llegó como
jardinero y se quedó a cuidarlos. No tenía intenciones malas cuando llegó, no, según
contaba, no las tenía. Era un muchacho solitario que también necesitaba
compañía y se fue quedando de a poco, hasta que a los viejitos les fue
imprescindible contar con él. Entonces se mudó. A los pocos días sintió que no
soportaba la presencia serena pero implacable de la señora mayor que solía
andar como un fantasma por la casa y estaba siempre en todos lados. Al
principio resistió pero al fin de unos pocos meses, la presencia de la anciana le
era absolutamente incómoda y lo sacó de quicio. Pensó en irse pero se había
acostumbrado a la casa, a la buena cama, la buena comida. Entonces comenzó a
envenenarla con un potente raticida, le nació de pronto una fuerza homicida que
no sabía que tenía. La anciana murió al poco tiempo y nadie sospechó nada
porque era una persona muy mayor. Al cabo de unos meses, el que comenzó a
molestarlo fue el anciano que tomó la costumbre de su mujer: aparecía por todos
lados y todo el tiempo, lo miraba con unos ojos extraños que lo dejaban helado.
Un día, lo estaba esperando en medio del
comedor, era de noche, tarde, y el anciano parecía una visión más que una
presencia.
- Estoy seguro que la has matado, a mí no me engañas- le dijo- no
tengo miedo, esta casa nos llevará a los dos, ahora tienes que matarme a mí.
E.F, se quedó helado. No esperaba esas
palabras, tendría que matar al anciano también, pero cómo hacerlo para que no
caigan sospechas sobre él. Pasó noches sin dormir pensándolo. Y luego recordó
que el anciano sufría mucho del corazón, él había ido varias veces a la
farmacia e incluso, al cardiólogo para acompañarlo. Decidió asustarlo repetidas
noches, con luces, con aullidos, con sombras, hasta el que el anciano infartó y
él, se quedó haciéndose el dormido como si no hubiera escuchado nada.
La historia no terminaba ahí: E.F, comprobó
para su sorpresa que apenas enterrado el anciano, cuando él ya había vuelto a
su antigua vida de jardinero y había regresado a alquilar un triste cuarto de
pensión, lo llamó el escribano de los dueños de la casa y le informó que había
heredado la casa más una buena suma de dinero. No podía creerlo y al principio
pensó en no aceptar. Pero luego las ganas de quedarse realmente con todo lo
hermoso que había visto y podido disfrutar en la casa, fueron más fuertes y
terminó aceptando la herencia.
Herencia maldita que me llevaría a mi
propio suicidio…
- Pero cómo…dije al llegar al final- acá no dice más nada… ¿hay más
cuadernos?
- No mamá, dijo mi hijo, no hay más cuadernos pero nosotros sabemos
que el hombre se ahorcó porque todos los vecinos que hace años viven acá, lo
saben…
- Y porque además todavía está su marca en la pared…- dijo mi hija con
un hilo de voz.
- Qué marca y que pared- pregunté asustándome.
- Mamá ahora no se puede ver pero un día vení con nosotros y te la
mostramos.
Esa noche dormimos mal los tres y nos
amontonamos en la cama grande, cosa que solo permitía si había uno enfermo o
como en este caso, con demasiado miedo. A mí la historia de E.F se me hacía tan
extraña pero además, como que la conocía, no sé de dónde pero era como si ya la
hubiera escuchado.
Y a la semana, un día de cielo plomizo y
casi con garúa, me animé a entrar con mis hijos para ver en la pared, la única
casi completa que aún aguantaba la historia de la casa; ahí estaba la sombra
del ahorcado como dibujada en la pared.
Se mecía, y en el piso, una huella de sangre y se mezclaba con la gramilla.
Nunca más entramos. Nos hicimos la promesa
de no hablar más de la casa. Pasábamos rápido por su vereda o ni la mirábamos.
Hasta que vimos llegar a los nuevos dueños. Quisimos avisar y fue imposible.
Nada los detendría, estaban encantados con el lugar.
Reformaron todo, gastaron una fortuna en su
remodelación. No sé para qué, al poco tiempo ella se enfermó de gravedad,
tampoco quisieron entender que debían irse. Ayer murió ella, tan joven y bonita
y él…bueno, él no sé, tal vez en unos meses se suicide y su sombra quede en la
nueva pared para otros treinta años más.
( A Gabriel y Anahí, por sus sueños de infancia)
( A Gabriel y Anahí, por sus sueños de infancia)
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