Desde ese lejano día donde me preguntaba qué soy, a qué he venido a este
mundo. Cómo puede ser que no sea igual a las otras. Cómo es que yo no hago caso
y sigo acá pulseando a todos para hacer cosas locas, acaso soy yo tan loca como
mi hermano.
Mientras la vida se iba a mí lo que me preocupaba era la locura.
Desde el lejano día en que un psiquiatra en Buenos Aires me explicó cosas
confusas sobre la locura de mi hermano, creo que entendí que era un mal
hereditario. Pero eso lo sabía toda la familia de mi madre: la locura era
herencia de mi abuelo paterno. Un viejo loco que se escapó de una guerra en
busca de mi abuela y al final, con un tiro de sal en la nunca, la encontró en
Buenos Aires.
De ese abuelo que después me contaron, se volvió violento y sus hijos
debieron proteger a la madre, de ahí, sentenciaba mi familia materna, venía la
locura.
Para proteger mi escasa estabilidad emocional me olvidé que mi hermano
sufría su enfermedad y lo encontré, como todos, culpable. Culpable de ser loco,
culpable de escuchar voces, culpable de que le tuviéramos pánico, culpable de
quedar tembloroso y baboso con los tratamientos, culpable de que los
medicamentos no le hicieran efecto, culpable de escaparse siempre. Culpable de
haber nacido.
Mi hermano, ese hermoso ser de ojos enormes, que había dilatado las
aburridas siestas de mi infancia con paciencia infinita jugando con una niña,
dejó de ser mi hermano para transformarse en el culpable de todos mis males.
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