lunes, 11 de septiembre de 2017

Desde el lejano día

Desde ese lejano día donde me preguntaba qué soy, a qué he venido a este mundo. Cómo puede ser que no sea igual a las otras. Cómo es que yo no hago caso y sigo acá pulseando a todos para hacer cosas locas, acaso soy yo tan loca como mi hermano.
Mientras la vida se iba a mí lo que me preocupaba era la locura.
Desde el lejano día en que un psiquiatra en Buenos Aires me explicó cosas confusas sobre la locura de mi hermano, creo que entendí que era un mal hereditario. Pero eso lo sabía toda la familia de mi madre: la locura era herencia de mi abuelo paterno. Un viejo loco que se escapó de una guerra en busca de mi abuela y al final, con un tiro de sal en la nunca, la encontró en Buenos Aires.
De ese abuelo que después me contaron, se volvió violento y sus hijos debieron proteger a la madre, de ahí, sentenciaba mi familia materna, venía la locura.
Para proteger mi escasa estabilidad emocional me olvidé que mi hermano sufría su enfermedad y lo encontré, como todos, culpable. Culpable de ser loco, culpable de escuchar voces, culpable de que le tuviéramos pánico, culpable de quedar tembloroso y baboso con los tratamientos, culpable de que los medicamentos no le hicieran efecto, culpable de escaparse siempre. Culpable de haber nacido.
Mi hermano, ese hermoso ser de ojos enormes, que había dilatado las aburridas siestas de mi infancia con paciencia infinita jugando con una niña, dejó de ser mi hermano para transformarse en el culpable de todos mis males.

No hay comentarios:

Publicar un comentario