Mamá decía que una no debe ponerse ropa
ajena, mucho menos ropas de muertos. Pero la habitación que había al fondo de
la enorme casa de mi abuela era toda una tentación para ir a disfrazarse e
imaginarse distintos personajes.
Matilde era mi prima favorita, le gustaban
las mismas cosas que a mí, teníamos apenas un año de diferencia. Ella, un año
menos que yo. Era maravilloso ir a la casa de la abuela y ver a los adultos
rodeando el fuego y jugando cartas en invierno, entonces sabíamos que no irían
a retarnos y sacarnos del baúl lleno de ropas. Nos disfrazaríamos a gusto.
Sombreros, sombrillas, guantes de muselina,
zapatos de diferentes tacones, mantones, mantillas, vestidos bordados, velos de
novia, qué no había allí adentro. Y como si toda esa maravilla fuera poca para
nuestra imaginación, el gran espejo oval que alguna vez usó la abuela, colgaba
de los tirantes del techo como una marioneta gigante que te permitía ver toda
la metamorfosis mientras te disfrazabas.
Algunas veces las otras primas venían a
jugar, pero huían espantadas. De qué, no supimos nunca, que era ropa de
muertos, que el espejo asustaba, que parecíamos fotos de otra época cuando nos
vestíamos, que parecíamos fantasmas y otras boberías similares. A nosotras nos
encantaba correrlas, nos metíamos algún saco grande o un mantón negro arriba de
la cabeza y las sacábamos de la habitación aullando y ellas lloraban
culpándonos de malas. Era muy divertido.
Invariablemente, cuando esto sucedía, mamá
venía con sus manos y modos de ángel y nos decía que no se pone una la ropa de
los muertos para jugar, que hay que respetar, que toda la ropa que guardaba la
abuela era importante para ella porque eran de su familia. Y mamá insistía, el
velo de novia por ejemplo, fue de la bisabuela que no llegó a serlo porque
murió en su noche de bodas y ya no pasó a ser familiar pero como que lo era. El
mantón negro era de su madre que había muerto una noche en forma accidental
cayéndose del piso alto de la casa vieja. Y el sombrero oscuro de su padre
cuando llegó de Italia, que no era cualquier sombrero porque había pertenecido
al bisabuelo que había estado en la guerra y que se había muerto en ella pero,
todos decían que el bisabuelo volvía ahí donde hubiera un hijo suyo, como
espíritu, en todos lados.
- Mejor, mejor, decíamos nosotras, qué bueno
tener una familia grande, con tantos muertos y todos con historias.
- Pero todas
las familias tienen historias, nos respondía mamá.
- Sí, claro que todas tendrán
pero ninguna como la nuestra.
Y allá volvíamos a disfrazarnos y asustar a
las otras primas o simplemente nos disfrazábamos y hacíamos un desfile frente
al espejo que colgaba y nos miraba con su ojo de vidrio que todo lo veía.
- - Atención, señoras, señores, - mi voz de locutora me encantaba- vamos
a ver pasar a la señorita Hortensia, con su velo de novia, el más bonito de los
velos porque la novia, se murió ahí mismo…
Entonces mi prima con paso vacilante
desfilaba con el velo puesto, los ojos los ponía en blanco, llevaba unas flores
en la mano y yo no podía parar de reírme de sus gestos frente al espejo.
Díganme ustedes ¿qué tiene eso de malo?
Pero creo que sí lo tiene porque les voy a
contar lo que ocurrió ese día fatal, día en el que dejamos de jugar para
siempre.
Mi prima se disfrazó de novia, eso siempre
lo dejábamos para el final del juego porque era lo más divertido, yo había
desfilado con el mantón negro de la bisabuela y también me disfrazaba de
hombre, haciendo de bisabuelo.
Al final, venía la novia. Y ese día fue uno
más. O no, ahora que lo recuerdo bien, hacía muchísimo frío en la pieza grande
llena de trastos y cosas para tirar o regalar o arreglar. Los adultos como
siempre, adoraban el fuego en el living y jugaban cartas entre ellos. Las otras
primas jugaban esos juegos bobos de niñas miedosas y nosotras nos disfrazábamos
y nos divertíamos.
Llegó el turno de mi prima Rosita como
siempre, mantón de novia muerta tapándole casi toda la cara, desfiló y la
anuncié como tantas veces:
- - Atención, señoras, señores, vamos a ver pasar a la señorita
Hortensia, con su velo de novia, el más bonito de los velos porque la novia, se
murió ahí mismo.
Y mi prima se
quita el velo de la cara, mira fijo el espejo y dice en voz suave pero bien pronunciada:
- - Non giocare sciocco che é vero
Lo que dijo en
perfecto italiano era algo así como no juegues idiota eso es cierto. El
problema es que mi prima nunca había hablado italiano. Ni lo había estudiado. Y
se paró frente al espejo y comenzó a hablarlo. Se imaginan mis carcajadas.
Porque pensé que era parte de su teatro, parte del juego.
Su voz fue
subiendo de tono. Cada vez más fuerte gritaba, yo me agarraba la panza para
reírme, su italiano me parecía perfecto. Alguien escuchó, no sé, tal vez mi
madre, como todas las madres, tenía un sentido especial para saber cuándo
estábamos en peligro y se asomó a la puerta de la enorme pieza.
Al instante
entró y sacudió a mi prima por los hombros, en ese momento me callé, mamá jamás
hubiera hecho semejante cosa, no entendía qué le pasaba.
- - Basta- decía mientras sacudía a mi prima- No te rías ¿no ves que
está en trance?
Miré a mi prima, tenía los ojos rojos, las
lágrimas corrían por sus mejillas, una voz de mujer italiana salía de su boca,
algo espantoso estaba pasando y no entendía qué era.
Fueron segundos, minutos u horas, no sé.
Llegó la abuela y le sacó el velo de la cabeza. Ahí mi prima cayó como
desmayada. La abuela dijo que trajéramos agua y por supuesto salimos corriendo
a servir un vaso. En cuanto tomó el agua, mi prima comenzó a tener colores otra
vez porque antes, había estado con el rostro del mismo color que el velo de
novia.
- - De esto ni una palabra a nadie- sentenció la abuela que siempre fue
de pocas palabras- No se juega con la ropa de los muertos.
- - Pero abuela – dije intentado entender- ¿qué pasó acá?
- - Pasó que no se juega con la ropa de los muertos, no toquen más nada.
Y se fue. Mamá me dijo que la abuela no iba
a decir más nada. Que era una historia muy vieja y de mucho dolor y que ya no
quería contarla. Que cuando ella era chica la abuela siempre decía que esa novia
muerta no la dejaba en paz con las pesadillas y que siempre se le aparecía, tan
real, que nunca sabía si era soñando o la veía de verdad.
Fin del capítulo, por un tiempo nos
asustamos y no jugamos más con las ropas que guardaban en la habitación llena de
trastos…pero no fue por mucho, otra vez volvimos a las andadas y nos tentamos a
disfrazarnos con las ropas prohibidas que habían sido de muertos.
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