sábado, 28 de julio de 2018

Relatos de familia


Instantes de mi infancia
Relatos y prosas mínimas con tema específico: mi infancia en familia.
Quienes somos
Mi madre, romántica total, decía así es la vida, unos aman y otros, se olvidan. Papá, puro pragmatismo, decía que la gran diferencia es que unos viven como quieren y otros, como pueden... Y luego yo les quise explicar lo de la lucha de clases y ellos, la tenían clarísima.
La vida
Mamá estaba convencida que uno llega a la vida con un destino escrito que se cumplirá. Papá decía: lo único importante es el final de la persona. Siempre supuse que eso de final es como lo de "escoba nueva barre bien". Cada finales me ha tocado ver. Finales de amores, de amistades, incluso de lazos fraternos, he visto todo tipo de finales. Ojalá fuera un destino prefijado, los finales, pocos de ellos son dignos.


Triste tan triste
Ese día fuiste caminando entre la arboleda y te vi los ojos marrones más intensamente tristes que jamás había visto en mi vida. Y ahora, recordándolos, pienso que tampoco los he visto hasta hoy. Tristes, tristes, tan profundamente tristes que te pregunté:
¿Se puede estar tan terriblemente triste y seguir viva? Fue un seco sí, lo que recibí, y recibo, como respuesta. En los árboles las frutas mostraban la magia del estallido del color y el sabor y vos tan triste...y yo, sin acompañarte
.

Llorar con ganas
Mi madre siempre decía que había que llorar con ganas de vez en cuando para que se te lave el alma pero no para que se haga hábito. Y cuando lloraba, ella decía que lo hacía por ella y por las que no podían hacerlo. Eran crisis intensas y breves. Luego se lavaba la cara y proseguía con la vida... Mamá: eso no pude heredarlo, esa sana costumbre de lavarme el alma con lágrimas saladas como quien se sumerge en el mar, ya no sola sino con todas las que no pueden.



Morirse joven
En la sobremesa, momento favorito de tus días, me dijiste: Uno tiene que morirse joven porque de esa forma, todos al rededor del cajón dirán: pobre, qué joven se murió...En cambio si te morís viejísimo, todos al rededor del cajón, pensarán, sin animarse a decirlo: Al fin murió este viejo de mierda.
Te reías mientras mamá, sacudía la cabeza en señal de desaprobación. A mí me daba risa y te acompañaba en tu filosofía casera, nos reíamos juntos.
Hasta que se te ocurrió, para no contradecirte ni en eso, morirte joven y dejarnos.
Entonces dejé de reír de ésa y de todas tus ocurrencias y empecé a extrañarte hasta hoy.



Fin de año
Mi casa, cuando yo era niña, el 31 de diciembre era marcada por el humor de mi padre que, ese día, este día, eran de fiesta de veinticuatro horas.
Papá, con su filosofía práctica, aseguraba que: este día debe de ser festejado, porque es un año que se vivió, un año más que te le escapas a la “parca” aseguraba y eso, merecía un gran festejo, Desde temprano música diversa, a todo volumen, nosotras nos tapábamos la cabeza con las almohadas murmurando no puede ser, no podés hacer esto papá, dejanos dormir. Nada de dormir, vengan a festejar conmigo que vivimos un año más.
Con mi hermana, de muy mal humor, nos metíamos al baño donde rezongábamos a gusto, entonces mi viejo, se entretenía tirándonos cuetes por debajo de una hendija de la puerta. Nos escondíamos en la vieja bañera y gritábamos exagerando. Mi viejo reía del otro lado. Y se comía desmedidamente ese día, desde temprano, y se festejaba a su ritmo, los 31 de diciembre eran de pura alegría en mi casa.
A las 12 de la noche cuando todos en la casa de mi abuela, familión, nos aprontábamos para el brindis, papá ya estaba cabeceando el primer sueño del año porque como él decía: el que pasó me lo viví, este otro quien sabe…
Comienzo de año
El 1ero de todos los eneros, los de antes y los de ahora, son lentos, las horas se detienen, los sueños y las esperanzas están tan nuevecitos que ni el papel de regalo se ha roto. Se demora el día para asimilar que otra vez, sí, otra más, estamos con calendario a estrenar. Hay que remar otro año y nadie puede decir si terminará, si habrá o no, si tendremos o perderemos.
Por eso es bueno una casa llena de tías, como la mía cuando pequeña, las tías son muy buena receta para los 1ero de enero. Llega una y te da un consejo, llega otra y te cuenta un chisme, otra se aventura a predecirte algo increíble, otra te depila por vez primera aunque vos des alaridos de terror, otra pica las sobras de la comilona de anoche, otra hace té para las que bebieron de más.
Nada más feliz que una cocina llena de tías. Todas saben todo de todas y de más allá y de más acá. Todas pueden gritar y entenderse a la vez. Todas pueden dejar que sus hijos vayan y vengan pero no les permitirán interrumpir esa reunión compleja, espiritual, chismosa, cruel, tierna y tan femenina que se puede lograr en un grupo de tías.
Así, recordándolas, comienza otro año. Gracias por tanto.

Mis tías
Mi madre era la que te hacía comprender que no importaba el trabajo que una mujer hiciera, había que tomarse un tiempo para cuidar la piel. La segunda hermana, la mayor de mis tías, era la que te recordaba que cuando de trabajo se trata, el esfuerzo debe de ser "dar lo mejor". Mi otra tía., era muy elegante y te podía hacer con un trozo de tela un vestido increíble. La otra, te daba clases de cómo mantener los secretos de familia a resguardo de las "hienas". La más joven tuvo su matriarcado propio y nos legó, directo de la abuela, la perseverancia y un optimismo contagioso.
Mis tías me legaron un ser que tiene un poco de cada una. Sigo recordándolas
.
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Matriarcal
De esa gran matriarca que fue mi abuela salieron mi madre y las tías que formaron una especie de clan femenino del que nunca se enteraron.
Que había que sembrar y cultivar, ellas eran campesinos. Qué había que hacer el vino, eran vitivinicultoras, se hacía. Que había que faenar un cerdo y hacer chorizos, pues se hacía. Y se cocía y se limpiaba. Pero también se amasaba y se cocinaba para pensionistas en época de zafra.
Y se bailaba, se sabían poner bonitas...y eran románticas y se pasaban novelas para leer o también, lloraban sobre la radio con los viejos radio teatros.
Como fue que pudieron con tanto y yo no estaba para explicarles que ya eran, sin saberlo, las feministas que muchos años después, defendí.
Recién en los años 50 pudieron votar y algunas, llegaron a educación secundaria: las mujeres pobres no iban a la escuela, mi propia abuela fue analfabeta pero se las arregló para ser autodidacta


Mis siestas
De mis memorias de niña, debe de ser por este calor, viene la inevitable siesta. Porque no les gusta a los niños de ahora, ni a nosotros, los de entonces, tampoco. Pero había que callar a la siesta. Había que esperar el descanso de los mayores que se mojaban y esperaban a que los viejos ventiladores giraran para respirar y poner un punto al día fatal de verano.
En la siesta yo conocí personajes increíbles, me robaba todo de la biblioteca que mi padre y mi hermana tenían. Debo de decir que algunos libros los entendía poco pero, leía todo. Un día me encontraron leyendo Lucrecia Borgia y otra, El conde de Sade. No se infartaron por poco. Pero ni se les ocurrió decirme que no volviera a tocar la biblioteca. Ellos fueron mis verdaderos animadores de lectura, profesión que hoy intento defender y prolongar.

Llorando por mí
- Mamá no jodas con eso de que lloras por vos y las que no pueden llorar...las mujeres siempre lloramos, somos lloronas, no te hagas...vos lloras por vos y punto.
(Y luego de 40 años...)
- Mamá...que pena no puedo decirte hoy que es cierto...hay mujeres que no podemos, no debemos o no nos permitimos llorar...Por suerte mamá vos, en esos días de llantos...llorabas por mí...

Hablar con las plantas
En días de lluvia como hoy, después del infierno del calor, mi madre salía a hablar con sus plantas. Se mojaba sin importarle y a cada una le hablaba con tonos de voz distinto, les contaba o les preguntaba.
Con papá la mirábamos y nos reíamos un poco, tomábamos un mate y le reprochábamos sin escándalos la dulce locura de creer que la escuchaban.
Mi madre tenía un jardín espectacular, nunca compró plantas, siempre robó gajos, siempre le regalaron o las consiguió.
Hoy, en estos días donde tener jardines cambió el estatus de una casa, donde las plantas como las mascotas se han vuelto parte de ser o no ser determinada élite, recuerdo a mi madre. Simple y sencilla, con jardín rebosante, hablando bajo la lluvia mansa, con todas ellas, contándoles, preguntándole...Qué tan sabia era y yo recién me doy cuenta.


Los jardines de mi madre
Recuerdo una infancia casi errante. Papá recorría la inmensidad argentina y en mis vacaciones, íbamos con mamá. Cuando regresábamos mamá había dejado un jardín en la casa del verano. Nunca supe como lo hacía. Ella armaba jardines en doce días, de ser necesario.
Dos años antes de partir a su último viaje, mamá hizo el jardín en mi casa. A medida que su energía se debilitaba las plantas estallaban. Le devolvían por dos su esfuerzo. En pocos meses se enredaron, crecieron, explotaron en gajos y flores...En dos años y sin saber cómo ni de dónde mamá me dejó el mejor de sus jardines.
Cuando regresé de su tumba vi el jazmín tan triste...y en una semana las plantas todas gritaban su ausencia. Llamé vecinas idóneas, jardineros, fumigadores.
Por dos meses me dediqué a intentar no perderlo.
Las plantas simplemente se negaron. Todas fueron muriendo. Cuando el último bulbo apareció sin vida comencé a extrañar realmente a mi madre...hasta hoy.

Agujas femeninas
En los años 60 las labores femeninas por excelencia tenían, en algún momento, agujas. En casa de mi abuela dos o tres veces por semana las tías y primas en rueda cosían, bordaban, tejían, o hacían crochet. Y yo, nada. Negada absoluta. No me importaba el rezongo y menos, la burla.
Con cara de enemiga las miraba, abejas laboriosas, y no aprendía nada.
No sé cómo sucedió que empecé a leer en voz alta aquella versión cursi de La dama de las Camelias. Y no paré porque mientras danzaban las agujas pude escuchar las orejas atentas. Y cuando murió Margarita hubo suspiros. Y lamentos para la soledad joven de Alfredo.
Y a partir de ahí yo había encontrado mi aguja: leer para otros. Todavía lo hago.
Por lo menos lee bien, decían las tías resignadas.
Y acá estoy con mis agujas escribiendo y leyendo sus vidas y la mía


Fiestas
Arrancaban casi siempre con la muerte del animalito: cerdo, vaquillona o varios pollos. Debí ser vegetariana y juro que lo intenté. En realidad en la matanza comenzaba la fiesta. Eran manos y manos que cortaban, picaban, envolvían, cocinaban.
La fiesta jamás era en un salón alquilado, me pregunto ahora si existían, porque las casas eran grandes y había patios, fondos arbolados o ambas cosas. La casa de la Gran Matriarca, la abuela, era casi siempre la escogida. Y ahí
iba todo el mundo a trabajar antes y después.
Los niños de entonces éramos fácil de entretener: había que ayudar un poco de eso, no te salvabas. Luego comenzaban las corridas y los juegos, a veces ocurrían accidentes, tirabas un postre o una salsera, o una ensaladera. Había gritos, retos, penitencia.
La fiesta era una gran comilona, siempre, gran es gran, no como ahora. Todo era en demasía. Todo era casero y había una especie de competencia. Fuimos una familia enorme con muchas fiestas.
Al final surgían los artistas, algunos se disfrazaban, hombres que aparecían con trajes femeninos, o al revés. Improvisaban pequeños espectáculos. Lloraban de risa los adultos y los niños, no sé si entendíamos todo, igual nos reíamos.
Las tortas de casamientos o cumpleaños jamás fueron esas obras de arte que se usan hoy. Tenían eso sí, descomunales proporciones. Todo era abundante. Todo era exagerado.
Al final, siempre al final, llegaba el canto. La guitarra del tío abuelo y entonces se desgranaba folclore y tango. La voz de barítono de mi viejo, o las aflautadas voces de mis tías. La fiesta se iba cerrando.
¿Viste? por eso cuando me invitas, no sé si ir o no....todo ese cotillón, esa música estridente, ese no hablar con el otro, ese festejo artificioso...
De religiones
Es difícil definir el estado espiritual de mi familia. Era fácil ser creyente y no serlo, también. Teníamos serios conflictos espirituales.
Católicos no practicantes podría definirnos. Pero había algunas viejas raíces anarquistas y comunistas que se negaban a creer y por respeto a la Gran Matriarca, mi abuela, no lo decían, pero si podían te sembraban la duda razonable. Y mi padre se llamaba ateo y se reía de las cruces que se hacían cuando lo proclamaba. Pero aun así, dejó mi educación en manos de las monjas.
Los tíos abuelos contaban historias de un Jesús casi comunista y un Pedro avaro que representaba al Vaticano. Teníamos una crisis espiritual permanente.
Como mi hermana que de puro transgresora abrazó otras creencias, me fui arrimando a un materialismo que me arrojaría de cabeza en un marxismo prohibido.
La transgresión comenzó y no hubo maneras, ni familia, capaz de detenerla.

Supersticiones
No era extraño presentir. Tampoco tener sueños que lejos de lecturas freudianas, anunciaban calamidades.
Había tías que podían curar una indigestión, otra sacaba el dolor de cabeza y la hubo que supo acomodar tendones resentidos. Todas tenían amplios conocimientos en hierbas. Todas tenían presentimientos que se contaban en voz baja.
Los hombres no opinaban y no eran tenidos en cuenta en estas lides.
Entonces mi hermana se hizo transgresora. Vistió otros templos, comenzó a creer en la reencarnación, compró libros de tarot y numerología. Quiso entender una carta astral y leyó mucho sobre astrología.
No fue aprobada su misión. Que una cosa era sacar un empacho y otra, tirar las cartas y ser bruja confesa.
Como aprendiz de toda aquella mezcla poco razonable me propuse negar todo. Me dediqué a intentar no creer y me puse a escribir fantásticas realidades donde las premoniciones y las brujerías eran posibles y realizables.
Mi hermana era genial con el Tarot y yo, escribo su historia.


Novelas
La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada radio teatro el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.


Educación
-       Ay no papá, convencé a mamá no quiero ir más al colegio de monjas… Papá cara escondida atrás del diario:
-       De eso se encarga tu madre. Tenés 8 años y tenés que obedecerle.
-        Pero no quiero ir con las monjas vos decís siempre que son mala gente.
-        Bueno porque a mí en el hospital me trataron muy mal porque no quería rezar.
-       Ves papi, a mí también porque nunca rezo, no me aprendo nada de lo que me enseñan.
-        No, pero las monjas del colegio no son como la del hospital.
-        Pero no quiero rezar…
-       Mal no te va a hacer.
-       Y vos ¿por qué no rezas?
-       Porque no se me antoja y soy grande.
-        Eso está mal…
-       Las monjas enseñan bien, preguntale a tu madre.
-        Papi… ¿vos sabes que los que pagamos entramos por la puerta principal y que las que no tienen plata y no pueden pagar entran por la puerta de servicio? Esa puerta chiquita de la otra cuadra…
-       Ves, ya estás aprendiendo y tan chiquita…
Ay papá…a qué me dejaste ahí 12 años renegando, ahora me río de aquella charla pero no sé si te lo perdono totalmente.




La chacra
Sin dudas que la recuerdo, porque allí nacieron mi madre, mis tías, allí hicieron mis abuelos su primer terruño. Mi familia materna es toda hija del terrón de la tierra, de las plantas de citrus, de vides y huertos. Todos los mayores llegaron a la nueva tierra buscando su oro y lo encontraron arando con sudor. La chacra de mis abuelos, donde vivieron muchos años, quedó para los fines de semana o épocas de zafra, cuando era pequeña, mi regalo más hermoso era pasar allí mis fines de semana.
La chacra con su casa me parecían majestuosa. Con las galerías frescas en blanco y negro. Con sus habitaciones y pisos de madera. Con su fogón a leña en la cocina. Con su tanque australiano, que usamos de piscina, con su molino de viento que tenía un agua clara y dulce. Con el enorme jardín donde las camelias eran reinas.
Allí mis siestas también se poblaban de lectura. Las galerías eran baldeadas para mitigar el calor y con unas almohadas viejas y ropa de jugar, nos tendíamos a esperar que el sol de verano alivianara el sudor. Una pila de revistas provistas por nuestras madres se iba amontonando al costado de las improvisadas camas de siesta. Nocturno, Vosotras, DArtagnan, El Tony, Intervalo, Sussi, Patoruzú, y algunas que ya no puedo recordar. Pero también había una pila de librillos de Corin Tellado y de novelas del viejo oeste norteamericano.
Y no me da vergüenza decirlo: yo leía todo. No había libro imposible, ni revista que mereciera la hoguera sin antes leerla. De esas siestas de infancia recuerdo la imaginación volando de escenas de amor hasta balas e incluso algún caso policial que papá dejaba a mi mano. Así lo conocí a Sherlock. Y a Agatha también. Era una máquina de devorar historias.
Si yo fuera una auténtica animadora de lectura les diría a todos: dejen que lean todo, no importa el soporte, no importa la calidad, dejen que lean sin acomplejarlos con la calidad de lectura. No sé si lo soy, sé que lo hice así y me fue tan bien que ando de pregonera de leer, leer y leer.

lunes, 9 de julio de 2018

Romance de la espera





La noche luce perfecta,
se quedó quieta la casa.
Te espero desde las sombras,
ahuecándome en la sala.
Solo, loco, grita el viento.
Adentro, mi aliento clama.
Esta espera silenciosa
me está doliendo en el alma.
Siguen las sombras buscándote,
adentro,  mi aliento clama.
Ruge el mar sobre las rocas
y azul luna en mi ventana
suspira desde hace rato.
Rezando, te espero en llagas.

-¿Desde cuándo que lo esperas?, pregunta, dulce, mi hermana.
-         Desde ayer, hoy, quizá siempre…
contesto desde mi manta.
-         Quizá ya no deberías…
Replica desde su calma,
y su voz se oye tan triste,
como si ella te esperara…

-¿Por qué esperan las mujeres?,
le pregunto sin llamarla.
-         Cual Penélopes eternas
Su tejido nunca acaba.
-¿Por qué esperan las mujeres?,
interrogo en mi ventana.
-         Por no perder los recuerdos,
por soñar con un mañana,
por esconder los amores,
por tejer hilos de plata…
-         ¿Por qué esperan las mujeres?
me pregunto con el alba,
mientras los colores quietos,
van metiéndose en la sala.

Afuera empieza la vida,
cantos, ruidos, risas, dramas.
Yo seguiré en mi penumbra,
adornándote la casa,
esperando sin respuestas.
Adentro, mi aliento clama.
Y detendré los relojes,
y entibiaré nuestra cama.
Por no olvidarme tu abrazo,
por recordar tu mirada,
por no perderte en el tiempo…
Rezando, te espero en llagas.