domingo, 1 de julio de 2018

La República Aburrida. Para niños de 9 a 10 años.



Era un país largo y verde, como muchos, con un montón de ríos, como otros muchos y también con algunas ciudades y pueblos más pequeños, como casi todos los demás.  Y la gente vivía, comía, se bañaba, estudiaba y trabajaba, en fin, que era un país igualito a otros. Pero estaban aburridos, todos desde el presidente hasta el perro de la farmacia, todos aburridos, las niñas de la escuela y las enfermeras, los doctores y los gatos.
Nadie sabía muy bien qué pasaba, pero la gente andaba con cara de aburrida. No era una cara de enojo, o cara de alunado, no, no, era cara de aburrimiento, o sea, casi como durmiéndose.
Un día alguien bostezó y el bostezo se contagió como una gripe, pero más ligero. Bostezaron los choferes y también los cocineros, las señoras que peinaban en la peluquería y los gatos, los caballos en el campo también, las mismas vacas que estaban dando su leche tibia bostezaron.
Y así comenzó. A partir de ese momento todos se levantaban y bostezaban, normal claro, pero después no paraban de bostezar en todo el día. Ni de noche, la gente se despertaba a bostezar de tan aburridos que estaban.
Al cabo de un año era tal el aburrimiento y la epidemia de bostezos que el señor presidente hizo un Congreso de médicos para aclarar el tema.  Lamentablemente no pudo terminarse porque se durmieron todos, incluso el presidente.
 El señor presidente, muy consternado por su sueño aburrido, decidió llamar a un montón de científicos, psicólogos, expertos en sueño y otras cosas más difíciles de escribir y decir. Le pidió a la banda local que se pusieran a tocar bien fuerte un ritmo alegre para ver si podían no dormir. Pero volvió a suceder, los de la banda empezaron bien, pero al rato se fueron de tono y empezaron a tocar el arrorró:
-          Duérmete niño, duérmete ya…- Empezaron bostezando y terminaron suspendiendo el Congreso, porque todos roncaban.
El señor presidente dejó de insistir, al fin y al cabo, él también tenía mucho sueño.
 Así pasó el primer año y andaban todos con esa cara de aburridos y arrastrando los pies por el suelo…No había animal ni persona que se salvara del aburrimiento. Los niños que nacían en vez de llorar bostezaban, nacían aburridos.
Sucedió entonces lo que tenía que suceder, uno de esos niños decidió tomar café, comer azúcar, estudiar el tema del aburrimiento, hacer ejercicios, vencer el bostezo. Nadie le hizo mucho caso y cuando su mamá lo reprendió por tomar café y comer azúcar, no terminó el rezongo porque la mamá tenía mucho sueño y estaba muy aburrida. Y nuestro pequeño niño siguió su tarea. Las comunicaciones estaban todas demoradas porque como la mitad dormía y la otra mitad bostezaba, nada funcionaba bien.
Nuestro niño pequeño, se llamaba Esteban Quito, decidió buscar en Internet sobre el tema de los bostezos y de tanto aburrimiento. Por suerte era un niño con mucha paciencia porque en la República Aburrida todo demoraba un montón. Pero Esteban tenía miedo de dormirse y no tomaba café negro porque su mamá no quería y, además, le daba dolor de barriga.
Este es el momento en que esta historia se complica, necesitamos buscar a alguien que nos ayude, porque de verdad, siempre vamos a necesitar a alguien cuando estamos atascados en un problema. Pudo haber sido un mago, una bruja, un hada o un gnomo, pero no, esta vez vino de otro lado la ayuda. En el salón principal de la sala de informática de la Escuela más grande de la República Aburrida, habían dejado un robot llamado Mario.
Mario había sido un proyecto del profesor de ciencia antes de aburrirse. Lo habían abandonado y Mario registró sin que nadie le pidiera todo el proceso de aburrimiento de las personas, animales y hasta plantas. Mario tenía muchísima información guardada que le podía servir a Esteban, pero no sabía cómo hacer para llamarlo. Por suerte no fue necesario, Esteban vio al robot y con el deseo de jugar para no dormirse, lo encendió.
Poco a poco fue viendo todo lo que Mario había guardado en la dichosa información.
Cómo había comenzado todo, fue la primera pregunta que hizo Esteban.
-         Comenzó un día de lluvia, dijo la voz metálica de Mario y contó…
 Había comenzado un día de lluvia, porque no fue simplemente agua lo que cayó. No, fue una sustancia que daba mucho sueño. Y qué era esa sustancia. Mario hizo un informe completo de moléculas y relaciones químicas para poder usar una especie de antídoto en la siguiente lluvia.
-         Un antídoto, se preguntó Esteban bostezando.
-         No te duermas, dijo la voz metálica de Mario. Hay poco tiempo. Estamos casi en primavera, en primavera llueve, debemos cambia la composición química de la lluvia.
-         Eso será muy complicado- dijo Esteban más aburrido que nunca porque no entendía nada.
-         Así es, dijo el robot mientras en su panza pantalla informaba sobre el tema al niño. Debes buscar ayuda.
No fue fácil lograrlo: Mario daba las instrucciones, pero Esteban era un niño pequeño y nadie le hacía caso cuando pedía ayuda. La maestra se dormía ante sus explicaciones, la madre bostezaba y decía:
-         Sí querido, qué niño tan lindo eres…- ahí ya estaba bostezando.
-         No entiendo mucho lo que dices mi niño- le decía su papá- pero sí, voy a ayudarte.

Sin embargo, cuando llegaban al laboratorio el padre roncaba en el primer rincón que encontraba en penumbras.  Esteban, estaba realmente solo y él tampoco escapaba al deseo de dormir de aburrimiento.
Se sentaba a contemplar a Mario e intentaba leer en la panza pantalla la información que, por ser pequeño, no terminaba de entender.
Grandes dispensadores con un antídoto que a duras penas logró armar en el laboratorio fue el resultado de lo que el robot y el niño tramaron. Dispensadores capaces de cambiar, una noche de lluvia, el efecto de lo que había caído en la otra lluvia y había sumido a la ciudad en ese profundo aburrimiento que amenazaba en transformar a todo el pueblo, en la República Aburrida o Dormida, que es casi lo mismo.
 Nadie ayudaba y Esteban temía no poder cargar los dispensadores de lluvia con el antídoto, tampoco pensó lograr el antídoto a pesar de los estrictos controles de Mario.
Por suerte existen los niños que entienden de fórmulas, por suerte en la sala de ciencias hubo un robot Mario que sin que nadie le pidiera guardaba tanta información. Entre bostezos y ronquido lo lograron. Finalmente, el antídoto pudo ser cargado en los dispensadores lanza antiaburrimientos un poco antes que llegara la primera gran lluvia de primavera.


Esa noche, la marcada de acuerdo al pronóstico, estaba llena de estrellas y la luna era un gajito de naranja blanca pintada sobre el cielo. Y esa fue la noche elegida por el robot de la escuela y Esteban para lanzar sus misiles con agua especial para el aburrimiento. A simple vista no parecía la mejor noche. Sin embargo, de pronto todo se nubló y comenzó a llover mansamente.
 Todo el cielo quedó lleno de nubarrones que despacito hicieron llover, casi como en secreto. Mario y Esteban festejaban saltando. Luego esperaron, un rato, un rato más, un ratazo, un ratonazo y se aburrieron. No se querían dormir, pero de tanta espera al robot se le agotó la batería y a Esteban se le cerraron los ojos.
Se despertaron al día siguiente: Mario cuando el profesor de ciencias le cargó la batería y le puso una fórmula química nueva para que lo niños comprendieran y memorizaran.
 Esteban cuando la mamá lo llamó apurada pues tenía que ir a la Escuela.
Al principio no notaron nada, pero nada de nada. Todo comenzó igual, pero a media mañana nadie bostezaba. A medio día almorzaron y nadie pidió la siesta. Incluso llegó la tarde y se reanudaron las tareas como un día cualquiera. Y, es más: llegó el atardecer y nadie dormía, salvo claro, los más pequeños.
Esa noche Esteban les contó a los padres todo lo que había hecho. Mario al día siguiente pasó un informe al profesor de ciencia de todo lo que habían trabajado.
Sucedieron cosas extrañas. Ni los padres de Esteban recordaban el largo año de aburrimiento y sueño, ni el profesor del laboratorio comprendió lo que el robot pretendía informar.
Lentamente todo había regresado a la normalidad y el largo año de aburrimiento quedó como olvidado y sepultado.
Esteban protestó varias veces por ello.
El robot intentó enviar mensajes en su panza pantalla.
No sucedió nada entonces. Nada pareció haber causado el aburrimiento y todos y cada uno siguió su vida como si todo hubiera sido un sueño.
En unos meses Esteban y Mario presentaron su trabajo como un experimento y el mismo fue presentado en un concurso de ciencias.
El niño y el robot siguieron investigando y subsanando las penas y los bostezos que habían acontecido sobre la República Aburrida y clasificaron para las finales del certamen.
Se han comprometido ambos en seguir investigando y ayudando en posibles situaciones de sueño, aburrimiento o sensaciones similares que puedan caer sobre otras ciudades.
Mantenerse unidos y despiertos es un gran desafío que piensan poder cumplir.

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