La que vendieron a los quince años. La vendieron para
casarla, no para prostituirla, pero era venta de todos modos. Eran muy pobres,
lo sé, la enviaban a los cerros de aquel pueblito español, a cuidar cabras con
un poco de agua, dos cebollas y una galleta. Y regresaba al atardecer. Y no iba
a la escuela. Hostilidad de primera clase. Precariedad de primera clase.
Ignorancia de primera clase.
Y entonces el hombre de cuarenta y tantos años, la compra
por encargo. El comisionado era otro español que debía hacer la transacción y
traer en buen estado a la niña de quince. Virgen por supuesto que si no, la
devolvía. Salir de los cerros, las cabras y las cebollas para atravesar el
océano debió de ser una experiencia terrorífica. Vomitaría hasta el cansancio.
Rezaría, si es que sabía, por tocar tierra y para que aquel señor que sería su
marido la tratara medianamente bien. O tal vez la abuela Ana ni siquiera
pretendía que la trataran bien por qué no sabía qué era eso.
Y llegó, se casó y comenzó a trabajar como burra al lado
del marido que no sólo le llevaba treinta años sino que estaba expandiendo el
dinero en base al amasado de pan. Y crecieron hijos y panes. Y la abuela Ana
aprendió a distinguir el dinero, a sumar y firmar. Y cuando el marido murió
dejándola viuda aún joven, siguió trabajando duro.
Cuando ya estaba pensando en morirse y pasábamos las
tardes con ella le descubrimos los camisones con agujeros que guardaba entre su
ropa de mujer joven. Y le preguntemos una, dos y cien veces.
-Qué son esos agujeros abuela, ¿por qué tus camisones
tienen todos el mismo agujero y en el mismo lugar?- La abuela sacudía la cabeza
como recordando experiencias desagradables. No respondía.
Y unos días antes de su muerte nos explicó que eran
camisones para dormir con su marido. Si tenían relaciones, no recuerdo que
palabra usó, el hombre podía penetrar sin tocar su cuerpo.
Fue un descubrimiento extraordinario. Abuela Ana jamás
estuvo desnuda con su marido. Y quién le habrá aconsejado su uso. La madre
antes de embarcarla, la suegra al recibirla o el mismo marido le habrá obligado
a usar esa prenda. Nos quedamos la noche entera haciendo conjeturas, mientras
en su cajón abuela Ana, casi sonreía por nuestras deducciones.