sábado, 20 de enero de 2018

Abuela Ana ( un camisón y su agujero)




La que vendieron a los quince años. La vendieron para casarla, no para prostituirla, pero era venta de todos modos. Eran muy pobres, lo sé, la enviaban a los cerros de aquel pueblito español, a cuidar cabras con un poco de agua, dos cebollas y una galleta. Y regresaba al atardecer. Y no iba a la escuela. Hostilidad de primera clase. Precariedad de primera clase. Ignorancia de primera clase. 
Y entonces el hombre de cuarenta y tantos años, la compra por encargo. El comisionado era otro español que debía hacer la transacción y traer en buen estado a la niña de quince. Virgen por supuesto que si no, la devolvía. Salir de los cerros, las cabras y las cebollas para atravesar el océano debió de ser una experiencia terrorífica. Vomitaría hasta el cansancio. Rezaría, si es que sabía, por tocar tierra y para que aquel señor que sería su marido la tratara medianamente bien. O tal vez la abuela Ana ni siquiera pretendía que la trataran bien por qué no sabía qué era eso. 
Y llegó, se casó y comenzó a trabajar como burra al lado del marido que no sólo le llevaba treinta años sino que estaba expandiendo el dinero en base al amasado de pan. Y crecieron hijos y panes. Y la abuela Ana aprendió a distinguir el dinero, a sumar y firmar. Y cuando el marido murió dejándola viuda aún joven, siguió trabajando duro. 
Cuando ya estaba pensando en morirse y pasábamos las tardes con ella le descubrimos los camisones con agujeros que guardaba entre su ropa de mujer joven. Y le preguntemos una, dos y cien veces.
-Qué son esos agujeros abuela, ¿por qué tus camisones tienen todos el mismo agujero y en el mismo lugar?- La abuela sacudía la cabeza como recordando experiencias desagradables. No respondía.
Y unos días antes de su muerte nos explicó que eran camisones para dormir con su marido. Si tenían relaciones, no recuerdo que palabra usó, el hombre podía penetrar sin tocar su cuerpo.
Fue un descubrimiento extraordinario. Abuela Ana jamás estuvo desnuda con su marido. Y quién le habrá aconsejado su uso. La madre antes de embarcarla, la suegra al recibirla o el mismo marido le habrá obligado a usar esa prenda. Nos quedamos la noche entera haciendo conjeturas, mientras en su cajón abuela Ana,  casi sonreía por nuestras deducciones.

domingo, 7 de enero de 2018

Abuela Otilia



Analfabeta por decisión patriarcal de la época, abuela Otilia decidió escribir, a pesar de ellos. Ellos eran los once varones incluyendo al papá y dos tíos que nunca se casaron. Huérfana de madre desde los diez años, sirvienta casera y custodia de la casa desde entonces.
Nunca sabremos cómo lo logró pero ella adivinó que si aprendía a leer y escribir, seguro, sería un poco más libre y feliz. Y cuando daba la última limpieza a la cocina, se escondía en un rincón y aprendía. A los catorce años comenzó una especie de diario que nunca finalizó. Después la sorprendieron los poemas y también, de a poco, fue narrando historias de otros.
Cuando se casó, marido elegido por los once varones de la casa, como condición esencial le pidió al futuro esposo, permiso para escribir y leer sin horarios fijos. Él hombre, muy enamorado y muy mayor para ella, aceptó sin sospechar.
Abuela Otilia fue madre y esposa y luego abuela ejemplar. Cumplió todas las obligaciones y tuvo siempre la mesa lista, las camas ordenadas y la ropa prolija. Jamás una duda ni un reproche se escucharon de su prole. Cuando ya era mayor y nosotras, sus nietas, jugábamos sobre su cama, nos develó el secreto.
Ahí debajo de esa cama donde hizo sus hijos y vio morir al marido, ahí estaban las miles de hojas fielmente escondidas y dobladas. De esos cientos de relatos rescatados luego de su muerte muchos nos asombraron, otros nos avergonzaron, otros nos hicieron llorar y otros, reír a carcajadas. Quién fue realmente la abuela Otilia... ¿la analfabeta obediente o las miles de protagonistas en que se transformaba cuando a escondidas, vivía...?