Salió de España con sus zapatos de bailadora de flamenco
y un par de vestidos más o menos decentes para bailar en un escenario. Salió
con un malón de inmigrantes que huían de guerras y hambrunas. Decidió hacerse
la América a fuerza del único arte que poseía: bailar con pasión la danza de su
tierra. Huyó del padre que le había entregado su mano a un hombre que no podía
amar. Su abuela se lo dijo: huye de un casamiento por conveniencia porque serás
infeliz y eso sí, es un pecado.
Con el dinero justo para un pasaje en tercera clase y
unas monedas para sobrevivir una semana se embarcó sin decir adiós. Cuando
finalmente llegó a Montevideo bajó sin asustarse ante el paisaje desconocido.
Traía una dirección que no existía de alguien que podía contactarla con
empresarios teatrales. Tampoco eso la amedrantó, se instaló en una pensión
barata y salió a buscar trabajo. Ella quería ser camarera para poder estar
cerca del público que tal vez la pudiera ver bailar. No fue fácil y tuvo que
conformarse con cocinar en un bar que servía comida a gente de paso. Gente más
bien pobre. Al poco tiempo su tortilla española se hizo tan conocida que venían
solo a probarla. Y cuando el local estallaba de gente ella dejaba la cocina,
ante los ojos iracundos del dueño, calzaba sus zapatos de bailarina y a fuerza
de palmas y castañuelas improvisaba una danza que enmudecía a todos. Luego del
aplauso recibía las propinas y seguía con las tortillas. Fueron los años duros
de la sobrevivencia. Amores no le faltaron y de uno de ellos, tuvo un hijo.
Decidió de todos modos no casarse. El hombre era un bebedor que le robaba todas
las propinas de sus bailes y un poco más. Trabajó hasta casi dar a luz y luego
se llevó la cesta con el bebé al bar. Recomenzó su trabajo y su baile y fue
cuando conoció a un empresario de medio pelo que le propuso presentarla en un
cabaret algo famoso. Por seguridad no dejó de hacer tortillas y comenzó a
bailar por las noches y luego no paró de hacerlo hasta casi los ochenta
años.
A la abuela Carmen le llevó diez años llegar a ganarse la
vida a partir de su danza. Después su carrera fue siempre en ascenso y pudo
comprarse una casa y vivir bien con sus tres hijos. Nunca se casó y los chicos
eran de padres diferentes. Su escandalosa vida llena de amantes reales e
imaginarios, le dio de comer a más de un diario de la época. La Faraona
comenzaron a llamarla cuando logró tener sus propios guitarristas para
acompañar sus danzas. Abuela Carmen llegó a tener mucho dinero, amasó no
sólo tortillas sino que bailó sus danzas por toda América Latina y del Norte,
sus representantes también hicieron dinero con ella. Y la prensa y la Iglesia
despotricaban por sus senos casi afuera, sus poses sensuales pero más, mucho
más, por ser madre soltera de tres chicos de diferentes padres. Uno de ellos
fue el mío y doy fe que la amaba con locura.
Decidió dejar el taconeo, las castañuelas y las palmas
cuando a teatro lleno rompió uno de sus famosos zapatos. Ya para esa época se
los confeccionaban a medida y en cuero legítimo. Tenía setenta y ocho años y
nos había pedido a sus nietas que la enterráramos con los viejos zapatos que la
acompañaron desde España y que le pusiéramos su mejor vestido
de cuando era la Gran Faraona.
Así la vestimos y a
pura palma y guitarra la llevamos al cementerio. Nos dejó la danza flamenca
metida en la sangre y la fuerza de su carácter en la lucha cotidiana contra la
adversidad
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