jueves, 10 de mayo de 2018

Abuela Carmen.




Salió de España con sus zapatos de bailadora de flamenco y un par de vestidos más o menos decentes para bailar en un escenario. Salió con un malón de inmigrantes que huían de guerras y hambrunas. Decidió hacerse la América a fuerza del único arte que poseía: bailar con pasión la danza de su tierra. Huyó del padre que le había entregado su mano a un hombre que no podía amar. Su abuela se lo dijo: huye de un casamiento por conveniencia porque serás infeliz y eso sí, es un pecado. 
Con el dinero justo para un pasaje en tercera clase y unas monedas para sobrevivir una semana se embarcó sin decir adiós. Cuando finalmente llegó a Montevideo bajó sin asustarse ante el paisaje desconocido. Traía una dirección que no existía de alguien que podía contactarla con empresarios teatrales. Tampoco eso la amedrantó, se instaló en una pensión barata y salió a buscar trabajo. Ella quería ser camarera para poder estar cerca del público que tal vez la pudiera ver bailar. No fue fácil y tuvo que conformarse con cocinar en un bar que servía comida a gente de paso. Gente más bien pobre. Al poco tiempo su tortilla española se hizo tan conocida que venían solo a probarla. Y cuando el local estallaba de gente ella dejaba la cocina, ante los ojos iracundos del dueño, calzaba sus zapatos de bailarina y a fuerza de palmas y castañuelas improvisaba una danza que enmudecía a todos. Luego del aplauso recibía las propinas y seguía con las tortillas. Fueron los años duros de la sobrevivencia. Amores no le faltaron y de uno de ellos, tuvo un hijo. Decidió de todos modos no casarse. El hombre era un bebedor que le robaba todas las propinas de sus bailes y un poco más. Trabajó hasta casi dar a luz y luego se llevó la cesta con el bebé al bar. Recomenzó su trabajo y su baile y fue cuando conoció a un empresario de medio pelo que le propuso presentarla en un cabaret algo famoso. Por seguridad no dejó de hacer tortillas y comenzó a bailar por las noches y luego no paró de hacerlo hasta casi los ochenta años. 
A la abuela Carmen le llevó diez años llegar a ganarse la vida a partir de su danza. Después su carrera fue siempre en ascenso y pudo comprarse una casa y vivir bien con sus tres hijos. Nunca se casó y los chicos eran de padres diferentes. Su escandalosa vida llena de amantes reales e imaginarios, le dio de comer a más de un diario de la época. La Faraona comenzaron a llamarla cuando logró tener sus propios guitarristas para acompañar sus danzas. Abuela Carmen llegó a tener mucho dinero, amasó no sólo tortillas sino que bailó sus danzas por toda América Latina y del Norte, sus representantes también hicieron dinero con ella. Y la prensa y la Iglesia despotricaban por sus senos casi afuera, sus poses sensuales pero más, mucho más, por ser madre soltera de tres chicos de diferentes padres. Uno de ellos fue el mío y doy fe que la amaba con locura.
Decidió dejar el taconeo, las castañuelas y las palmas cuando a teatro lleno rompió uno de sus famosos zapatos. Ya para esa época se los confeccionaban a medida y en cuero legítimo. Tenía setenta y ocho años y nos había pedido a sus nietas que la enterráramos con los viejos zapatos que la acompañaron  desde España  y  que le pusiéramos su mejor vestido de cuando era la Gran Faraona.
Así la vestimos y a pura palma y guitarra la llevamos al cementerio. Nos dejó la danza flamenca metida en la sangre y la fuerza de su carácter en la lucha cotidiana contra la adversidad

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