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Acá tenes, mirá bien, la escritura de tu
casa, la llave de tu auto y la papelería completa de tus tierras. ¿Estás
fresco, no? Te vine a traer todo. Anoche te lo gané en buena ley, te patinaste
todo hermano, mal muy mal. Estabas empedo y eufórico. Qué te da por ponerte a
timbear en ese estado. Una locura. Cuando te sentaste en la mesa de timba te
quise sacar pero fue inútil. Ya estabas empedo y empecinado en jugar. Por eso
me metí yo del otro lado. Si te dejo solo te sacaban hasta las medias. Vos
sabes que yo nunca juego por plata. ¡Jamás! Y menos por plata grande, si apenas
llego a fin de mes y mi familia con qué come si yo me pongo a timbear. Por otro
lado, sé que tengo cierta habilidad para seguir el juego. Por eso me metí y
saqué coraje...por suerte me salió bien y nos quedamos los dos solos al final.
Yo sabía que te ganaba. Sabía tus cartas y sabía que no podías. Pensé que con
esa mano te ibas a ir a tu casa. Pero no hubo forma che, te envalentonaste, te
fuiste al auto, trajiste todo esto. ¿Vos te das cuenta que quedabas en pelotas
anoche si no era yo el que te ganaba? Por suerte los otros arrugaron porque
vieron, como ven los que saben jugar, que anoche la suerte estaba de mi lado.
Te gané en menos de quince minutos el trabajo de más de veinte años. Se quedaron
todos mudos cuando junté todo el papeleo y me fui en tu auto. Te pedí un taxi
antes de salir. Y los timberos ahí mirando, comentando en voz alta, que al
final soy un porteño de mierda, un cajetilla, un compadrón, como todos... ¿Qué
se puede esperar de estos?, decían. Me
baboseaban para que volviera a la mesa a jugarme tus bienes. Soy un calentón y
lo sabes pero me mordí y salí apurado. Me llevé tu auto y los papeles. Después
no pegué un ojo en toda la noche, al amanecer le conté a mi mujer, no la dejé
dormir tampoco, dando vueltas en la cama. Ella sonrió y entendió antes que le
explicara el por qué. Se levantó me hizo el mate y esperó en la cocina. Cuando
nos sentamos me preguntó, a qué hora vas a ir a devolver todo eso. Te das
cuenta. Y vos mi amigo me miras sorprendido. Vos te creíste que yo aprovechando
tu borrachera me quedaba con todo lo tuyo. No me conoces. Nunca fuiste mi
amigo. Acá está todo che...la próxima vez que juegues, no te sientes
entre delincuentes y menos, borracho. No siempre vas a tener un buen amigo del
otro lado.
Mi padre salió erguido con su clásica sonrisa impresa en
sus ojos increíbles de grandes y grises, recogió el sombrero impecable de mis
manos, tomó una de las mías entre las de él y antes de irnos y cerrar la puerta
agregó:
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Áaaahhhh lo último che...no todos los
porteños somos mala gente. Hasta la vista.
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