miércoles, 28 de marzo de 2018

Relatos breves con Espejos


El único espejo
Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque se lo dejó su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.
En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema...escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
Y de tanto buscar sus perfiles oscuros en el único espejo que no le mentía, desapareció en su diáfano cristal sin dejar huellas.

Vendedor de espejos
Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.
Pero el tipo fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final nos ganó la curiosidad y fuimos a visitarlo.
Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Y te lo comprabas.
¿Quién podía resistirse a un espejo que te mostraba tu infancia, tu presente y tu futuro?
Laberinto espejado
¿De verdad vas a entrar al laberinto espejos? Mi hermana menor y sus amigas me miraban con un poco de lástima y mucho de burla. Así que entré.
Odio los laberintos, soy un laberinto viviente que nunca se ha encontrado, odio los espejos paranoia reafirmada por cierto autor argentino. Pues pudieron más las miradas de esas niñas insolentes.
Pensé en caminar a tientas e ir girando a medida que mis manos marcaran las curvas.  Pero una algarabía insultante de alegres seres laberinticos me rodeaba. Y en sus corridas alegres alguno me chocó y ya fue imposible fingir ceguera.
En el primer espejo que me miró los abuelos estaban conmigo en brazos. Apreté los ojos pero no pude...quise verme con mi primera maestra, luego ver a papá bailando el vals conmigo, mi profe de literatura y...
Así fue como me quedé a vivir acá. Ahora soy yo que muestra desde la espejada fase. Ahora tengo esta maravillosa condición de mostrarle a los otros, sus recuerdos.
A veces me detengo en sus maldades y les observo la culpa necia o la indiferencia cruel. Ahora, yo espejo, aterrorizo o despisto a los que ríen para entrar.

Espejos de luto
Una de mis tías enlutaba sus espejos cuando alguien de la familia moría. Todos se ponían de negro, hasta el del baño, mi tía era prolija y los forros eran perfectos. Era insólito entrar a la casa y ver cada superficie donde nos mirábamos luciendo riguroso negro, negro. Estaban de luto. La tía decía que los espejos son eso, y por tanto, si una andaba en la calle de negro, era lo justo, en las casas todas,  los reflejos también debían mostrar su pena.
La suerte fue nacer cuando aquella Era del luto ya se moría de horror, nosotras no usamos luto y nuestros espejos tampoco. Claro, hasta que aquel día, aquel día amor mío, cuando vos partiste y yo vi, por primera vez en mi vida, el espejo de nuestra habitación, vestido de negro sin mi permiso.
Encontrar todos los espejos
El testamento fue claro y preciso, a su muerte, para heredarla, deberían de romper todos los espejos, absolutamente todos. Y si a la revisión de los escribanos siquiera uno se había salvado, la casa, la chacra, los frutales, los viñedos, las bodegas y hasta las uvas, pasaban a mano de los patronatos de la caridad.
Los sobrinos fueron habitación por habitación, madres atrás escoltando, cuidando cada rincón porque sabían que Eulogia, siempre había hecho trampas. Encontraban espejitos diminutos en relojes y anillos, encontraban en la cocina y en la alacena, había espejos por infinitos rincones y hasta en las casitas de los perros. Después de quince afanosos días de búsquedas, hallazgos y roturas de espejos, llegaron los escribanos a revisar.
Todo pasó a manos de la caridad. Porque jamás ni los sobrinos ni las madres revisaron el sarcófago de Eulogia que era todo un espejo interior, casi en tres dimensiones.

Gemelas
Como vos y yo. Eran nosotros pero cada quién tenía el suyo. Lástima haberlos comprado idénticos. Eso no fue inteligente.
Somos gemelas, alma y corazón en un puño, en un útero crecimos y nos contemplamos. Después pasó la vida. Y justo antes de separarnos el triste juego de cambiar espejos.
Del otro lado del mundo mi espejo te mira y a mí el tuyo. Te avisa y me avisa y sabemos el final antes que los demás.
Hoy lloré con tu espejo desde el amanecer. Te veía sin vida. Cuando a media mañana sonó el teléfono, ya sabía la noticia.

Espejos embrujados
Desde la famosa reina que consultaba al espejo para saberse la más bella hasta hoy, los espejos están todos embrujados. Hay espejos con brujas o maldades que nadie osa mirar y otros, igual de malos, que todos miramos y justificamos.
Hay espejos más o menos fidedignos que te muestran la posible realidad, pero la mayoría ve lo que quiere. Hay espejos cóncavos que deforman y desfiguran y ahí van y se acercan muchos, a decir que está todo bien. Hay espejos sucios que no logran brillar, y su mundo es la neblina permanente, no te extrañes, todos querrán tener ése y no otro.
El mundo de los espejos no es un mundo en el nuestro, eso es al revés. Ellos nos contienen, nos miran, nos perfeccionan, nos desfiguran. Nosotros, obedecemos o intentamos hacer notar que lo hacemos, estamos todos metidos en este baile del saber y poseer, los espejos, cuando no los miramos, se deben de reír a carcajadas.

Espejos y dobles
En algún lugar de Internet, tal vez, encuentres por qué estamos rodeados de espejos. Habrá incluso datos de aquel joven Narciso que se contemplaba enamorado de sí mismo. Sé que los espejos suelen atribuirse a los vanidosos. Sé que en una época fueron signo de opulencia. Sé que en la naturaleza los hay de bellísimos fases: lagos, lagunas, a veces incluso el mar. Y en las infinitas formas que tienen los vidrios, pueden verse espejos. En las sartenes brillantes que se cuelgan en las cocinas demasiado limpias.
Sin embargo más allá del saber y de lo que te han dicho y has averiguado quiero contarte que yo sé que los espejos se parecen a tu sombra. A ésa oscura sombra que te persigue. El espejo te guarda y te refleja en  tu regreso. Pero de eso, jamás estarás seguro. Si una parte tuya queda ahí adentro, la mejor o la peor, qué importa, no podrás decirme nunca que realmente, tu espejo no te contiene siempre.
Y si es así, como decía Borges, ya no estás solo. Una vez que tienes un espejo en tu habitación, ya tienes tu doble viviendo contigo. Por eso a veces, es complicado. Y nunca sabrás hasta donde te ha visto. ¿O solo tu aspecto exterior?
Dime que estás seguro y compruébalo. Es un desafío.




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