Desde la tibia quietud de mis recuerdos, traídos a la luz
por las voces de mis abuelas, hay un lazo que nos liga más allá del de madre e
hija. Ese, tan conocido, donde fuiste huevo y nana en mi útero, quizás no sea
el más fuerte aunque esto pueda resultar irónico.
Ancestralmente nos persiguen pasos de mujeres que en
nuestras familias se revelaron, fueron severamente castigadas, se sometieron,
fuero bestialmente humilladas, se suicidaron fueron borradas, se emanciparon y
fueron envidiadas, se volvieron soñadoras y las encerraron, se liberaron del
yugo dogmático y las juzgaron.
A través de mis sueños y los tuyos, en este devenir caótico
de esta Era que es la tuya más que la mía, nosotras las vengamos. Nosotras las
resucitamos para que sean un poco más felices, para entenderlas, para vivirlas.
Por eso hija mía, quiero legarte una a una mis memorias de
mujeres, algún día, tal vez, las leas y te verás, te leerás y sabrás algunos
por qué que hoy, no sabés responderte.
Hubo en mi familia, itálica por excelencia, historias varias
de mujeres que dijeron no, no quiero, no, no lo voy a hacer, a pesar de que
decir no, en esos años era terriblemente castigado con un peso físico, social y
moral, severísimo.
Por eso, por esas mujeres, brindaré contigo hasta el fin de
mis días. Por la que fui y sentenciaron, por la que fui y persiguieron, sí, por ella también. Pero más
que nada por otras, mucho más lejanas en sangre y cercanas en la decisión de
vivirse la vida a su manera.
Salud, hija, por más historias que contar.
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