jueves, 21 de septiembre de 2017

El cuento de los espíritus ( Literatura infantil- juvenil)




Nunca pensé que podía creer en espíritus pero que los hay, los hay, decía mi mamá y era cierto.
No sé si en todas las familias hay personas que pueden hablar con los espíritus, en la mía hubo una prima de mi abuela que lo hacía y luego, una prima de mi mamá, una prima solterona y muy alegre, la llamábamos tía porque la queríamos más que una prima y con ella, no nos peleábamos.
Tenía doce años cuando descubrí el verdadero oficio de mi tía y claro, fue en la escuela, porque discutí con una compañera y ella me gritó:
-      -  ¡Callate vos, que tu prima es bruja y vos sos igual a ella!
-     -   Mejor, le respondí, así te dejamos seca cuando hagas berrinches.
Claro, vino la maestra, nos preguntó que pasaba, nos dio un sermón sobre las buenas maneras y nos pedimos disculpas. Pero solo de palabra.
Por mi parte llegué a mi cada dispuesta a averiguar qué prima mía era llamada de bruja para saber de quién  había heredado los poderes malignos. Pregunté en mi casa casi a los gritos ese medio día y ante el silencio apareció mi prima, que en realidad le decíamos tía, y dijo riéndose:
-      -  Es a mí que me llaman bruja, nena, no te hagas problemas, son unos ignorantes, pero dejá…ya van a venir a pedirme algo…
Así fue como me enteré que mi tía hablaba con los muertos. Ahí mismo… en el fondo de mi casa donde se había hecho un departamentito cuando yo era muy pequeñita. Sí allí, a metros de mi habitación, de nuestra cocina donde nos quedábamos hasta tarde a veces, estudiando o charlando. Increíble.
Primero me dio mucha rabia, después un poco de miedo y al final, una gran curiosidad le ganó a todo y me fui al departamento pequeño de mi tía-prima para comprenderlo mejor.
-        - Tía, es cierto entonces, ¿vos hablás con los muertos? ¿Y la gente te paga por eso? Y de eso vivís…
-      -  Claro. Es cierto. Es un don sabes…como ser músico, o pintor, eso, es un arte- dijo mi tía- no cualquiera puede hablar con los difuntos…
-    -    Y ¿vos de dónde sacaste ese arte?
-      -  Lo heredé de nuestra bisabuela… ¿tu madre nunca te contó?
No, mi madre nunca me había contado. Entonces nos sentamos en su salita que era pequeña y bonita como ella, llena de velas con perfume, plantas y carpetas, allí me explicó que habíamos tenido una bisabuela que llegó de Italia carga de sus ropas pero también, de sus difuntos. Adela, se llamaba, y en cuanto llegó en el barco le avisó al bisabuelo, que la estaba esperando,  que con ella venían todos sus antepasados muertos y que andarían siempre con ella, o sea, que al casarse andarían por sus terrenos, por sus casas o por donde ella anduviera. Y el bisabuelo la vio tan hermosa que ni caso le hizo y le dijo todo que sí, que está bien, que traiga nomás a sus antepasados. Así fue que los difuntos conocieron nuestra tierra, porque vinieron con la bisabuela. Y nunca la molestaron para nada. Andaban nomás, ni ruido hacían. Y nadie se sintió mal por ellos porque la única que los veía muy de vez en cuando era Angela. Pero entonces llegó la terrible fatalidad de las langostas. Mis bisabuelos eran gente de campo, no paraban nunca de trabajar, y las langostas llegaban y les comían todo en menos de 24 horas. Mi bisabuela despertó una madrugada gritando:
-       - Prendan fuego, saquen a las langostas…- chillaba
Mi bisabuelo creyó que era una simple pesadilla pero al día siguiente una nube negra de langostas se posó sobre todas sus plantas y en menos de medio día todas sus cosechas fueron arrasadas por su apetito voraz. Entonces empezó a entender que era cierto, su mujer no veía cualquier cosa en sus sueños, o en sus no sueños, porque la bisabuela decía que ella no soñaba, que sus parientes muertos le avisaban.
De todos modos, eso quedó como un secreto de familia porque no eran épocas para andar divulgando que la bisabuela andaba siempre con los muertos de acá para allá. A pesar de la discreción la bisabuela anduvo curando animales, cuando ya parecían muertos, curaba personas, que iban al médico y no podían dar con lo que tenían, en fin, la bisabuela era como quién dice una “mano santa”. Pero ella decía que eran sus muertos los que le avisaban sobre las enfermedades o la prevenían sobre las langostas. Así quedó la historia. Y cuando nació Genoveva, la última bisnieta que conoció, le encargó sus muertos. La tía Geno, en ese tiempo era muy pequeña, ni entendió lo que la bisa le encargaba pero después que ella murió, empezó a sentirse pesada, cansada…eran los muertos que la habitaban.
Se hizo una adolescente triste y tímida, no estudiaba nada, del colegio claro, porque andaba todo el día leyendo sobre poderes extrasensoriales, intentando dominar la telequinesis y la telepatía. Empezó a hablar sola a los quince años y la llevaron al sicólogo, o lo que fuera parecido en esos tiempos. A los dieciocho, terminó a duras penas los exámenes del secundario y se puso su primer “consultorio”.
De ahí en más, la tía Geno fue mal vista por la familia que no quería ni oír nombrar los muertos de la bisabuela y menos aún, querían oír hablar de que la tía, que había heredados a los muertos e incluso, había superado aquellos poderes.
La tía se hizo un departamentito en el fondo de casa cuando papá y mamá se compraron aquella inmensa casa, yo aún no había nacido. La tía fue a conocer la casa y les dijo a mis padres:
-      -  La casa es hermosa, pero si quieren vivir tranquilos, voy a hacerle una limpieza porque acá hay un pasado triste que no los va a dejar vivir felices.
Mis padres eran gente moderna, de mente abierta pero  dijeron que no, que ellos no creían y que iban a ser felices con o sin pasado triste. Pero apenas nací la llamaron una noche, parece que yo nací llorando y tenía tres días de nacida y no paraba de llorar. No como llora un bebé normal, no, no, yo lloraba sin parar, no comía, no nada, solo lloraba y como la tía Geno curaba el mal de ojos y esas cosas, la llamaron.
-      -  No tiene nada, dijo apenas me vio, lo que pasa que los niños pequeños, pueden ver cosas que nosotros no…sobre todo ella – sentenció- yo creo que ve los muertos y ve todas las cosas que Uds. no pueden ver…
-      -  Ah no Genoveva, dijo mamá, vos me la curas ahora mismo, andas curando a todo el mundo y a mi hija no… ¿qué te pasa?
-     -   Claro que la voy a curar- dijo la tía Geno- pero no como Uds. piensan. Yo la voy a curar haciendo que deje de tener miedo a lo que ve…
-     -   Vos cúrala como quieras- aseguró mi padre.
Y ahí la tía Geno me curó. Yo nunca supe nada hasta que ella me lo contó, me dio mucha rabia. Claro, porque nunca me dijeron, nunca me contaron, la tía Geno se vino a vivir al fondo para cuidarme. Pero no me cuidaba como a otra niña, no iba a buscarme a la escuela o me revisaba los cuadernos. No, ella me explicó, me cuidaba para que no viera nada hasta no tener la edad suficiente como para no asustarme.
-      -  Pero entonces tía, le dije aquella tarde, ¿vos pensás que yo tengo los mismo poderes que vos?
-      -  Pero mi chiquita, dijo acariciándome la cara, eso es así, siempre habrá una generación que los herede. Una no nace pidiéndolos, eso se hereda así no más…vos tenés todos mis muertos y los de la bisa y los de esta casa, sólo que por ahora, no dejaré que los veas…
-      -  ¿Cuándo podré verlos?- dije entre curiosa y asustada.
-      -  Cuando seas un poquito mayor.
-       - ¿Entonces seré bruja como vos?
-     -   Claro que sí, una linda bruja, y la tía se puso a reír y a cantar no sé qué.
Ahí me quedé, sin saber más nada porque la tía era experta en no hablar más de un tema cuando no quería. Y ayer fui a contarle de esa mancha de sangre que tenemos por primera vez las jovencitas, en la ropa íntima.
-       - Ah bueno querida mía, dijo acariciándome la cara. Está llegando el momento de ver tus muertos pero primero atenderemos tu primer menarca…
-       - Qué menarca tía, se llama menstruación y mamá ya me explicó todo hace rato.
-      -  Bien, de todos modos la atenderemos a mi manera también, debes de guardar una moneda…y te regalaré una cajita para que esta noche guardes en ella todos los sueños de tu infancia.
-       - Ah qué linda idea…- dije y salí corriendo a buscar la moneda.
A medianoche llegó mi tía con una caja muy hermosa donde me hizo guardar mi moneda, me hizo cerrar los ojos y recordar todos los sueños de mi infancia. Así fue como guardé allí mis sueños.
Luego una música me llamó la atención: en la puerta de mi habitación muchas mujeres cantaban una canción que no lograba descifrar.
No podía hablar porque era mala educación interrumpir, era una linda canción que yo conocía pero no sabía de dónde. Mientras las escuchaba las fui mirando una por una y vi que tenían cara de fotos. Eran como fotos, pero dónde las había visto y cuándo las había escuchado, no sabía decirlo.
Seguí prestando atención hasta que finalizaron, ahí la tía Geno se me acercó, me dio una hermosa flor roja y me dijo:
-       - Bienvenida al mundo mujercita; hoy, todas tus antepasadas te dan la bienvenida, te cantamos, te regalamos esta flor y te damos la visión de ver lo que tengas que ver.
Y vi…por eso digo que yo no creía pero tuve que creer. Ahí en la puerta de mi casa un montón de mujeres antepasadas me habían cantado una canción que yo nunca escuché pero reconocí, un montón de mujeres que había en muchas fotos viejas de mi familia cobraron vida para cantarme. De ahí en más, como dijo la tía, tendré que andar con ellas y con los otros. Cada cual, dice la tía, arrastra su cruz y la mía, es andar con un montón de muertos a cuestas. 

( Recordando a mi Geno, mi hermana)

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