Nació en Oriente Medio y de allá partiría con su rica
familia compuesta sólo por ella sus padres y su niñera. Recorrieron Europa
buscando aumentar riquezas. Mientras lo hacían la dejaron en un Colegio francés
carísimo donde se educó con esmero y aprendió varios idiomas.
Sus padres, nómades y algo aventureros regresaron cuando
iba a cumplir dieciocho años y partieron a Sudamérica en busca de nuevos
horizontes. Llegaron a Uruguay y compraron una casona señorial en Montevideo.
Ya tenían el novio para su hija, habían hecho el contrato pre nupcial, por
correo.
Ajena, volátil, casi etérea ella ni se enteraba. Mientras
leía todo tipo de novelas y fumaba en el balcón cigarrillos finísimos que
conseguía a escondidas, se enamoraba. Él, italiano de bella estampa, pasaba
cada noche bajo el balcón, cual Romeo, miraba a la bella mujer que fumaba y
también, se enamoraba.
Abuela Iris tuvo una especie de espanto cuando le
presentaron al hombre judío y joven que sería su futuro esposo. Determinó con sensatez
contarle la verdad. La sorpresa fue cuando el novio también se confesó
enamorado de otra. Y a partir de ese día salieron juntos cada tarde. De la mano
como amigos aunque los otros los vieran
como novios. En la plaza central se separaban. Iris con su italiano y el judío
con una española. Dos años de noviazgos mentidos, citas furtivas y complicidad
en cada instante. Dos años de amores prohibidos.
Pero llegó el inevitable compromiso y la fecha exacta del
casamiento. Ya no podrían engañar a nadie más. Ambos tomaron la decisión
de escapar, cada cual, con su verdadero amor.
Iris fue desheredada y su nombre se perdió de los labios
de su familia. La suerte fue haber sido educada en idiomas pues de ellos
sobrevivió gran parte del resto de su vida. Su amigo judío se fue a Centro
América con su española y se escribían cada año.
Y cuando su amigo judío murió, viajamos con la abuela
Iris a dar el pésame a la viuda. Nos alojamos en su casa que era típicamente
española con arcadas y galerías. Un jardín tropical rodeaba la casona de tejas
rojas. La historia nos fue narrada por ambas, bajo las guayabas, en una siesta
ardiente mientras degustábamos nuestra primera cerveza helada.
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