jueves, 22 de febrero de 2018

Abuela Iris




Nació en Oriente Medio y de allá partiría con su rica familia compuesta sólo por ella sus padres y su niñera. Recorrieron Europa buscando aumentar riquezas. Mientras lo hacían la dejaron en un Colegio francés carísimo donde se educó con esmero y aprendió varios idiomas. 
Sus padres, nómades y algo aventureros regresaron cuando iba a cumplir dieciocho años y partieron a Sudamérica en busca de nuevos horizontes. Llegaron a Uruguay y compraron una casona señorial en Montevideo. Ya tenían el novio para su hija, habían hecho el contrato pre nupcial, por correo.
Ajena, volátil, casi etérea ella ni se enteraba. Mientras leía todo tipo de novelas y fumaba en el balcón cigarrillos finísimos que conseguía a escondidas, se enamoraba. Él, italiano de bella estampa, pasaba cada noche bajo el balcón, cual Romeo, miraba a la bella mujer que fumaba y también, se enamoraba. 
Abuela Iris tuvo una especie de espanto cuando le presentaron al hombre judío y joven que sería su futuro esposo. Determinó con sensatez contarle la verdad. La sorpresa fue cuando el novio también se confesó enamorado de otra. Y a partir de ese día salieron juntos cada tarde. De la mano como amigos aunque los otros los  vieran como novios. En la plaza central se separaban. Iris con su italiano y el judío con una española. Dos años de noviazgos mentidos, citas furtivas y complicidad en cada instante. Dos años de amores prohibidos. 
Pero llegó el inevitable compromiso y la fecha exacta del casamiento.  Ya no podrían engañar a nadie más. Ambos tomaron la decisión de escapar, cada cual, con su verdadero amor.  
Iris fue desheredada y su nombre se perdió de los labios de su familia. La suerte fue haber sido educada en idiomas pues de ellos sobrevivió gran parte del resto de su vida. Su amigo judío se fue a Centro América con su española y se escribían cada año. 
Y cuando su amigo judío murió, viajamos con la abuela Iris a dar el pésame a la viuda. Nos alojamos en su casa que era típicamente española con arcadas y galerías. Un jardín tropical rodeaba la casona de tejas rojas. La historia nos fue narrada por ambas, bajo las guayabas, en una siesta ardiente mientras degustábamos nuestra primera cerveza helada.

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