Segunda
experiencia
Las luces ya estaban opacándose cuando la vi en el espejo
de la sala, se contoneaba al ritmo de alguna música que yo no escuchaba.
¿ Se puede saber qué carajo haces ahí?, le reproché con indignación. No respondió. Siguió danzando a ratos lánguida, otras frenética y las más, sensual y provocativa. Me quedé en el viejo sillón sin atreverme a interrumpir. Intuí un ritual que no tenía nada que ver conmigo, ni con nada conocido. La lámpara con su luz difusa alumbraba, obstinada, ese espejo oval donde ella llamaba con su baile. Sentí el reproche de la vieja sala en mi entorno.
No supe que hacer. No es fácil la primera vez que tu sombra cobra vida propia y hace a su antojo.
¿ Se puede saber qué carajo haces ahí?, le reproché con indignación. No respondió. Siguió danzando a ratos lánguida, otras frenética y las más, sensual y provocativa. Me quedé en el viejo sillón sin atreverme a interrumpir. Intuí un ritual que no tenía nada que ver conmigo, ni con nada conocido. La lámpara con su luz difusa alumbraba, obstinada, ese espejo oval donde ella llamaba con su baile. Sentí el reproche de la vieja sala en mi entorno.
No supe que hacer. No es fácil la primera vez que tu sombra cobra vida propia y hace a su antojo.
Tercera
experiencia
A plena luz del día, bajo ese sol que quemaba la
respiración, con esa sombra diminuta del mediodía, discutí seriamente un día de
verano. Mi sombra no entendía que debía de permanecer a mi lado. Tampoco
entendía el porqué de su tamaño a esa hora. Intenté explicarle pero a quién se
le ocurre, era sólo mi sombra.
Desde ese día decidió no trabajar a medio día. Hizo su
huelga, mi propia sombra, desobedeció los designios de la luz, de la oscuridad.
Aparecía a media tarde, cuando ya había ganado altura. Desobediente, igual a
mí, no quería ser diminuta. En parte creo que la entendía, pero no se trata de
entender a todos y todas las cosas así que decidí castigarla. Dejé de salir a
medio día, permanecía en la oscuridad, atándola a mi destino. Esclava de mi
tamaño, mi sombra languidecía.
Pero entonces descubrió una noche, la luz de mi vieja
lámpara, la fineza del espejo que puede duplicarla y las sombras nocturnas que
la resucitaron. Ese fue un terrible error del que me arrepiento.
Cuarta
experiencia
Anduve varios días averiguando y preguntando si a alguien
más se le ha perdido la sombra. Si han osado liberarlas o alguna se ha fugado.
Recién anoche supe de un hombre que desde hace años, vive sin ella. Lo peor que
puede sucederte, me dijo susurrando como si alguien lo escuchara, es perder tu
sombra. La sombra es, continuó después de un breve silencio, algo así como tu
imagen en el espejo. Si no hay sombra, no hay vida.
No quise preguntar más, sus palabras me alertaron.
Salí dispuesta a recuperar la mía, que ya hace días o meses o años, he liberado. Lo bueno es saber dónde voy a encontrarla; de mañana juega en la playa con los niños, de tarde anda con las parejas en las plazas y de noche, danza en los espejos iluminados.
Inútil es llamarla, lo sé. Porque la libertad cuando se alcanza, no se desea más que conservarla. Pero he creado una estrategia: seré yo la sombra y ella, mi dueña.
No quise preguntar más, sus palabras me alertaron.
Salí dispuesta a recuperar la mía, que ya hace días o meses o años, he liberado. Lo bueno es saber dónde voy a encontrarla; de mañana juega en la playa con los niños, de tarde anda con las parejas en las plazas y de noche, danza en los espejos iluminados.
Inútil es llamarla, lo sé. Porque la libertad cuando se alcanza, no se desea más que conservarla. Pero he creado una estrategia: seré yo la sombra y ella, mi dueña.
Quinta
experiencia
Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea.
Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los más viejos candelabros.
Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido
y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la
tenuidad de la luz salía a bailar en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí
la encontré, finísima y perfecta.
Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados
ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible. En aquella penumbra, jugar a ser
sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe
jugar, justo yo que soy tan triste…
He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi
sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por
sensaciones. Mientras tanto, vuelvo a sillón raído de la vieja sala, a mirarla,
asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y
transgresora?
Sexta
experiencia
Bajé a la playa temprano, con una magnífico paraguas
enorme y negro, como un buitre escondida de las miradas, perseguí a los niños
para descubrir mi sombra jugando con ellos.
No sabía distinguir entre los que jugaban con castillos
de arena y los que pateaban una pelota, entre los que se revolcaban en la arena
y los que saltaban las olas, dónde, cuál sería mi sombra fugitiva. La niña
triste que lee alejada sin notar nada o nadie, será esa tal vez. Será el
pequeño que persigue moluscos inexistentes en el filo de la playa, tal vez.
Será la otra niña, que camina y se para como recomponiendo su figura, se mece
con la capelina y se sonríe sola. Será ese pequeño que junta arena y la devuelve
al mar, como si pudiera.
Es complejo encontrar a una sombra soberbia que se ha
metido entre los niños. Los niños parecen todos iguales pero son tan
diferentes. Y con ese viento salado, y con ese sol de espumas, y con ese día de
playa…
Volví a esconderme bajo el negro disfraz del paraguas
enorme y negro. Subí las escaleras encorvada e insegura. Tal vez ella querría volver, demoré mis pasos. A
quién se le ocurre, cómo volverá si allá, en la arena y en la playa puede jugar
y reír más feliz que a mi lado. Lado oscuro. Lado iluminado. Cuál de ellos.
Sin sombra, escondida bajo el disfraz negro, volví a mi
casa.
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