sábado, 23 de diciembre de 2017

Abuela Violeta




Violeta fue rebelde desde niña. Cuando las mujeres aún montaban de costado y usaban corsé, ella tomaba el mejor de los potros y montaba en pelo, como una india. Su madre había muerto apenas nació, todos en el pago aseguraban que la leche de la aborigen que la crio, había torcido su destino. El padre nunca se ocupó demasiado y solía reírse de sus ideas montaraces y alocadas.
Cuando vio a aquel hombre de rasgos aindiados y piel curtida, torso robusto y cabellos largos se enamoró locamente y se escapó con él casi  sin pensarlo. 
En diez años parió siete hijas. Todas idénticas entre ellas. Cabellos lacios y negros como el indio, figuras esbeltas y finas como la madre. Bellísimas y serenas, siempre esperando desde niñas. Las llamó a todas con la letra L: Luz, Lágrima, Luna, Lisa, Luisina, Loreta y Lucero.
Cuando su padre murió y heredó hectáreas verdes de praderas y un montón de animales, abandonó al indio y se llevó las hijas a la estancia donde había nacido. Se ocupó de todo y enfrentó a los poblanos con un dejo de soberbia y mucha indiferencia. Regenteó los campos y animales con rigor y educó a sus hijas en artes secretas e irresponsables. 
La estancia, después de su muerte, se hizo famosa por una especie desconocida de aves bellísimas que habitaron los aleros de la casona. Fueron y son, un atractivo turístico hasta el día de hoy. Las aves eran siete, lucieron siempre  un plumaje negro con finas líneas rojas en las alas. Han vivido allí más de ochenta años y no se sabe muy bien cómo se reproducen, se piensa que son hermafroditas. Ponen siete huevos por vez y han poblado la comarca de infinitas avecillas iguales. 
Los viejos decían  que se llaman Eles porque cuando murió Violeta, sus hijas desaparecieron.





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