Atrás de la colina de la chacra había una
casona en ruinas. Digo ruinas pero recordándola así, en la distancia, era lo
más parecido a una tapera que he visto en mi vida. Era la mejor forma de
escondernos cuando nos mandaban a hacer algo y también para leer o discutir
cosas que los mayores no aprobaban.
En esa casa yo escondí y leí la vida de Ernesto
Guevara y también un tratado sencillo de El capital, que no recuerdo haber
entendido muy bien. El libro rojo de Mao y no sé cuántos fascículos de revistas
de izquierda. Era mi refugio aquella tapera que luego, quedó en ruinas por una
tormenta más o menos cruel. Habrán quedado mis libros prohibidos ahí debajo.
Después la vida me alejó del lugar. No
volví a ver aquellas ruinas hasta mucho después de que ya votamos y volvió la
democracia. Recuerdo los arenales, la disposición pareja de los árboles de citrus
y mi obstinada obsesión por llegar a las ruinas a rescatar lo imposible.
No había nada. Mi primo me dice que
cuando limpiaron el lugar él quemó los libros y revistas. Claro, debí
imaginarlo, quién querría tener ese material subversivo, como le decían.
Me duelen las ruinas que yo no están pero
mucho más, aquellas hojas de libros y revistas que me iban formando hacia una
filosofía alejada de la que había tenido hasta los doce o trece años. Esas
revistas, libros, hubieran servido por ejemplo para mostrarle a mis nietos lo
que se consideraba prohibido, lo que si te lo encontraban ibas preso o te
desaparecían, el material bélico que según las fuerzas del orden, había que
destruir y con él a sus poseedores.
Ruinas y olvidos que quisiera retener y que
quedan sólo en mi memoria.
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