Era un país largo y verde, como muchos, con un montón de
ríos, como otros muchos y también con algunas ciudades y pueblos más pequeños,
como casi todos los demás. Y la gente
vivía, comía, se bañaba, estudiaba y trabajaba, en fin que era un país igualito
a otros. Pero estaban aburridos, todos desde el presidente hasta el perro de la
farmacia, todos aburridos, las niñas de la escuela y las enfermeras, los
doctores y los gatos.
Nadie sabía muy bien qué pasaba pero la gente andaba con
la cara así, de aburrida. Que no es una cara de enojo, o cara de alunado, no ,
no, es cara de aburrimiento o sea, casi como durmiéndose.
Un día alguien bostezó y el bostezo se contagió como una
gripe pero más ligero. Bostezaron los choferes y también las cocineras, las
señoras que se peinaban en la peluquería y los gatos, los caballos en el campo
también, las mismas vacas que estaban dando su leche tibia bostezaron.
Y así comenzó. A partir de ese momento todos se
levantaban y bostezaban, normal claro, pero después no paraban de bostezar en
todo el día. Ni de noche, la gente se despertaba a bostezar de tan aburridos
que estaban.
Al cabo de un año era tal el aburrimiento y la epidemia
de bostezos que el señor presidente hizo un congreso de médicos para aclarar el
tema. Lamentablemente no pudo terminarse
porque se durmieron todos, incluso el presidente. Así que decidió llamar a un
montón de científicos, psicólogos, expertos en sueño y otras cosas más
difíciles de escribir y decir. Le pidió a la banda local que se pusieran a
tocar bien fuerte un ritmo alegre para ver si podían no dormirse, pero nada,
los de la banda empezaron bien pero al rato se fueron de tono y empezaron a
tocar el arrorroró, duérmete niño, duérmete ya…Empezaron bostezando y terminaron
suspendiendo el congreso, porque todos roncaban.
El presidente dejó de insistir, al fin y al cabo él
también tenía mucho sueño. Así pasó el primer año y andaban todos con esa cara
de aburridos y arrastrando los pies por el suelo…No había animal ni persona que
se salvara del aburrimiento. Los niños que nacían en vez de llorar bostezaban,
nacían aburridos.
Sucedió entonces lo que tenía que suceder, uno de esos niños decidió tomar café, comer
azúcar, estudiar el tema del aburrimiento, hacer ejercicios, vencer el bostezo.
Nadie le hizo mucho caso y cuando su mamá lo reprendió por tomar café y comer
azúcar, no terminó el rezongo porque terminó bostezando. Y nuestro pequeño niño
siguió su tarea. Las comunicaciones estaban todas demoradas porque como la
mitad dormía y la otra mitad bostezaba, nada funcionaba bien.
Nuestro niño pequeño, se llamaba Esteban Quito, decidió
buscar en Internet sobre el tema de los bostezos y de tanto aburrimiento. Por
suerte era un niño con mucha paciencia porque en la República Aburrida todo
demoraba un montón. Pero Esteban tenía miedo de dormirse y no tomaba café negro
porque su mamá no quería y además, le daba dolor de barriga.
Este es el momento en que la historia se complica, vamos a buscar
a alguien que nos ayude, porque de verdad, siempre vamos a necesitar a alguien
cuando estamos atascados en un problema. Pudo haber sido un mago, una bruja, un
hada o un gnomo pero no, esta vez vino de otro lado la ayuda. En el salón
principal de la sala de informática de la Escuela más grande de la República
Aburrida, los niños habían dejado un robot llamado Mario.
Mario había sido un proyecto del profesor de ciencia
antes de aburrirse. Lo habían abandonado y Mario registró sin que nadie le
pidiera todo el proceso de aburrimiento de las personas, animales y hasta
algunas otras cosas como plantas. Mario tenía muchísima información guardada
que le podía servir a Esteban pero no sabía cómo hacer para llamarlo. Por
suerte no fue necesario, Esteban vio al
robot y con el deseo de jugar para no dormirse, lo encendió.
Poco a poco fue viendo todo lo que Mario había guardado.
Había comenzado un día de lluvia, pero
no era simplemente agua lo que cayó, no, era una sustancia que daba mucho
sueño. Y de esa sustancia Mario hizo un informe completo para poder usar una
especie de antídoto en la siguiente lluvia. Había poco tiempo, la primavera
estaba cerca y la primera lluvia sería fuerte, necesitaban el antídoto.
No fue fácil lograrlo: Mario daba las instrucciones pero
Esteban era un niño pequeño y nadie le hacía caso cuando pedía ayuda. La
maestra se dormía antes sus explicaciones, la madre bostezaba y decía:
-
Sí querido, qué niño tan lindo eres…- ahí ya
estaba bostezando.
-
No entiendo mucho lo que dices mi niño- le
decía su papá- pero sí, voy a ayudarte.
Sin embargo cuando llegaban al
laboratorio el padre roncaba en el primer rincón que encontraba en
penumbras. Nadie ayudaba y Esteban temía
no poder cargar los dispensadores de
lluvia con el antídoto, tampoco pensó lograr el antídoto a pesar de los
estrictos controles de Mario.
Por suerte existen los niños que
entienden de fórmulas, por suerte en la sala de ciencias hubo un robot Mario
que sin que nadie le pidiera guardaba tanta información. Entre bostezos y
ronquidos lograron el antídoto y fueron cargando los dispensadores lanza
antiaburrimientos un poco antes que llegara la primera gran lluvia de
primavera.
La noche estaba llena de estrellas y la
luna era un gajito de naranja blanca pintada sobre el cielo. Esa fue la noche elegida por el robot de la escuela y Esteban para lanzar
sus misiles con agua especial para el aburrimiento. Todo el cielo quedó lleno del agua que luego comenzó a caer
mansita. Mario y Esteban festejaban saltando. Luego esperaron, un rato, un rato
más, un ratazo, un ratonazo y se aburrieron. No se querían dormir pero de tanta
espera al robot se le agotó la batería y a Esteban se le cerraron los ojos.
Se despertaron al día siguiente: Mario
cuando el profesor de ciencias le cargó la batería y le puso una fórmula
química nueva para recordar. Esteban cuando la mamá lo llamó apurada que se
tenía que ir a la Escuela.
Y claro, al principio no notaron nada,
pero nada de nada. Todo comenzó igual pero a media mañana nadie bostezaba. A
medio día almorzaron y nadie pidió la siesta. Incluso llegó la tarde y se
reanudaron las tareas como un día cualquiera. Y es más: llegó el atardecer y
nadie dormía, salvo claro, los pequeños.
Esa noche Esteban les contó a los padres
todo lo que había hecho. Mario al día siguiente pasó un informe al profesor de
ciencia de todo lo que habían trabajado. Por supuesto nadie creyó nada y hasta
el día de hoy están viendo cómo pudo ser que un niño llamado Esteban Quito,
soñó con una República Aburrida y les transmitió al robot de la escuela su
mismo sueño.
Esteban y Mario siguen siendo grandes
amigos y ya no se preocupan por nada que no tenga que ver con sus sueños
compartidos.
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